Escuché el nombre de Edgar Allan Poe muy tempranamente en mi vida, en una canción de los Beatles, llamada I am the Warlus, escrita por el genial John Lennon. En ella el escritor era pateado por unos pingüinos, dudosa imagen surrealista que forma una de las principales de este tema inmerso en las propiedades del ácido lisérgico. Mi madre descuidaba por la casa un pequeño volumen con 4 cuentos fantásticos, uno de ellos era El pozo y el péndulo, desde ese momento es mi autor favorito; puede que en parte porque está anclado a mi preadolescencia, pero seguramente más aún porque su lectura me generó una incomodidad exasperante, parecida a nada antes leído. Esa fue mi primera impresión de Poe.

Sin embargo, entiendo hoy que lo que hace imprescindible a este escritor es su delicada pluma, aunque los contenidos por sí mismos ya son suficientes para considerarlo el creador del terror psicológico y de la novela policial, así como lo es Daniel Defoe de la novela de aventuras.

Como tantos artistas, detestó su obra. Escribía sus poemas (tal vez lo mejor de sus trabajos) desde el profundo dolor que sentía por su amada Virginia Clemm, fallecida de manera precoz, a la cual se refería con varios nombres y sólo en los más desgarradores la llamaba por el verdadero. Los numerosos ensayos eran producto de su lectura tenaz y tal vez su forma literaria predilecta. Pero los cuentos, que lo inmortalizaron, fueron producidos por la imperiosa necesidad económica constante, aunque no puedo creer que realmente odiara una producción tan exquisita, en donde es notable el uso de expresiones trabajadas que dejan la sensación de que no se escribieron de una sentada. Probablemente esa repulsión devenía de la culpa que le generaba usar el dinero que le proveían en alcohol y juego.

Es mi intención sugerir a los lectores dos cuentos y un poema, rescatados no por ser los mejores (francamente no sé cuáles lo serían), sino porque produjeron en mí una experiencia única, que pocas veces se alcanza: el éxtasis de disfrute del lector; quienes lo hayan sentido, sabrán de lo que hablo.

El gato negro es un cuento sublime. Narra en primera persona (detalle no menor en Poe, ya que necesita este carácter para desarrollar los terrores internos de sus personajes) el extraño binomio amor-odio que siente el protagonista hacia los seres vivos, cuya mascota lo sigue incondicionalmente aunque él, entre los vapores del alcohol, lo aborrece. Quienes tengan la oportunidad de disfrutarlo en inglés, su idioma original, se encontrarán que es de difícil lectura, ya que utiliza palabras poco habituales, pero se hallarán pequeñas joyas en frases intraducibles; por ejemplo la expresión “about to pen” que se traduce algo así como: “por escribir”; el autor pretende compartir con nosotros una cadencia a la hora de trazar en papel su terrible experiencia, que además se encuentra en la punta de su pluma, como si fuese más el elemento que su mano quien se dispone a contar lo que sigue. Definitivamente las palabras “por escribir” no nos significan nada de eso y desconozco si existen tan pocas palabras en el castellano para describir esa sensación. Debo confesar que si recorro el camino inverso, sin conocer el original, mi incapacidad me habría llevado a: about to write.

Debemos considerar que cada idioma tiene características propias con respecto a la pomposidad y exuberancia que a veces buscan los artistas de lo escrito. El inglés es rico en expresiones verbales complejas y adjetivadas en sí mismas, por eso en las traducciones puede perderse la riqueza de la obra. Recomiendo las traducciones de Cortázar, a mi entender este fantástico autor argentino supo ponerse en la piel de Poe para facilitarnos estas delicias literarias.

La caída de la casa Usher es un relato espeluznante con matices góticos: una mansión inmersa en la neblina espesa de un pantano de aguas oscuras, dos hermanos viviendo en su soledad, la muerte de uno de ellos y el evento sobrenatural del final. Puede que sea el cuento que más veces he leído. Generalmente abre las recopilaciones de Poe por su impronta característica. A visitar a su amigo llega quien narra la historia; aquel se encuentra deprimido por la enfermedad de su hermana. Plantea una atmósfera gris digna de los ghost stories ingleses pero en el fondo de las descripciones se encuentra algo más íntimo, perturbador, sello personal como ningún otro. Es innegable la analogía con la vida personal del autor. Extrañamente debe ser una de las pocas ocasiones en las que el personaje no está loco y existe un hecho sobrenatural inexplicable….el derrumbamiento de la casa ante la vista del visitante que huye despavorido.

El poema El cuervo es a mi parecer una de las obras más inquietantes jamás escritas. A pesar de estar escrita en verso, bien podría haber sido un relato por lo rico del suceso. Una premisa de dudosa legitimidad reza que en los cuentos prima lo que acontece, en las novelas lo relevante son los personajes, El cuervo se encuentra en el medio y es de exquisita rima en el idioma original, diccionario en mano, por supuesto. Se trata del autor sumido en un sillón ante un fuego hogareño que se apaga como su alma. Da la impresión de estar llorando aún la pérdida de su amor en una noche fría. De repente unos golpes lo sacan de ensueños, se levanta y se asusta al comprobar que no hay nadie que al otro lado de la puerta. Nuevamente encontramos sutilezas que lo prolífico del inglés nos proporciona. El llamado no es knocking, sino rapping, faintly tapping, lo que da una idea de un golpe de arrastre con los dedos y pequeñas percusiones rítmicas con sus puntas….es decir, un llamado como si alguien estuviese golpeando con las uñas, casi arañando la madera…imaginarme una mano que hace tal cosa me da escalofríos, y no existe un verbo tan específico en nuestro idioma.

Inmediatamente después siente que el viento golpea los cristales de su ventana y al acercarse a cerrarla ingresa intempestivamente un cuervo que se posa sobre el busto de Pallas. El doliente desespera interpretando todo como un intento de comunicación desde el más allá.

Edgar Allan Poe es de esos escritores cuyas palabras parecen estar dirigidas íntimamente. Eso genera una empatía única; como sucede con las cosas de excelsa calidad, cuanto más incursionamos en ellas, más complejidad y belleza encontramos. No creo que vaya a existir alguien que nos deje tan en el límite entre lo real y la locura…nunca más.