Cuando alguien recomienda a Borges suceden diversas sensaciones en la persona a quien se invita a leerlo. Primero generalmente se asiente, casi diciendo que por supuesto ha sentido nombrarlo como si fuese una obviedad. Luego uno puede imaginar una obra vasta como la de los autores rusos que cobraban por número de páginas entre la miseria y el hambre. Sin embargo, los libros de este escritor son extrañamente breves. Les diría que si no fuese por su pluma que lo transforma en infinito, serían textos que consumirían un par de horas de una tarde de atenta lectura. Pero…Borges es un universo único e irrepetible. Sus frases están cargadas de significados que en una primera lectura no llegamos a interpretar la mayor parte de las oportunidades.

Tal vez me sienta inclinado a ponerlo como ejemplo de la relectura. Ésta es una manera de apreciar la literatura poco incentivada. Hay quienes asimilan una limitada cantidad de libros y los atesoran mediante relecturas, envidio a esos individuos; sólo he encontrado ese caro placer menos de una docena de veces. Entre estos textos está El hacedor para mí.
Este libro es una especie de collage en el que rezan poemas y cortos relatos y ensayos cuyo origen cita el autor que debe a la ceguera y a su memoria. Este carácter propende a llenarlos de significados en pocas palabras, minuciosamente elegidas. Es una cosmogonía de estirpe borgiana. Conviven Shakespeare en su retiro silencioso y algunos de nuestros próceres languideciendo en otra vida con citas obligadas a la Divina Comedia, la Biblia y Martín Fierro.
No se encuentra indicado pero la estructura del libro es un tanto particular. Comienza con un prólogo excelso dedicado a Leopoldo Lugones, en el que una situación imaginaria los pone cara a cara; su excusa es una clase magistral sobre las hipálages, esa forma literaria que adjetiva con un calificativo imposible a la palabra equivocada para referirse al sustantivo primero. Luego una serie de ensayos filosóficos y fantásticos dejan la sensación de incredulidad hasta promediar la obra (Borges y yo es uno de mis favoritos) y toparnos con el desgarrador Poema de los dones que da introducción a la segunda mitad de la obra. ¿Cómo transmitir lo que puede generar en nosotros su poesía? Simplemente diré que con saber meramente quien fue este autor, es imposible no derramar alguna lágrima.
Los versos que forman Ajedrez se hallan entre los mejores escritos por él. Arturo Pérez-Revertè en su novela La Tabla de Flandes, lo cita de manera interminable:
“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonías?”
En Arte poética, tal vez su poema más popular, menciona al río de Heráclito y nos embellece el día con la subestimada rima. En una de sus conferencias realizadas para estudiantes de letras en el hemisferio norte, Borges asegura que el verso libre debe ser el último en ensayar luego de dominar definitivamente los sonetos y las rimas convencionales; esto dicho en el contexto de jóvenes progresistas cuyo estilo era precisamente el libre. Su sutil ironía y su falsa humildad a mi entender nos hablan de un escritor fuera de todos los cánones preestablecidos.
Algunas ediciones constan, al final de la obra con una serie de escritos titulados Museo, misceláneas que aparecieron publicadas en distintos tiempos y formatos. Tienen una curiosa coherencia con El hacedor, y los hace imprescindibles. In memoriam J.F.K. es un recuento de aquellas herramientas que utilizó el hombre para cometer los crímenes más atroces, y demuestra que nada ha cambiado desde los tiempos prehistóricos.

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