LA MASONERIA Y LA EDUCACIÓN EN BUENOS AIRES.

LAS UNIVERSIDADES FUNDADAS POR LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES Y EL COLEGIO NACIONAL DE BUENOS AIRES.

ORÍGENES DE LAS UNIVERSIDADES DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES (U.B.A. Y U.N.L.P.) Y SUS NACIONALIZACIONES.-

 

La Masonería en el Río de la Plata durante el siglo XVIII.

 

La Masonería especulativa actual adquirió carácter orgánico a partir del año 1717, con la fundación de la Gran Logia de Inglaterra y su difusión a partir de esa fecha por el viejo y nuevo mundo.

 

A juzgar por documentos encontrados en la ciudad de Buenos Aires y por otros existentes en el archivo de la Gran Logia de Inglaterra, el 17 de abril de 1735, siendo su Gran Maestre Tomás, segundo vizconde de Weymouth, designa al caballero Randolph Took como Gran Maestre Provincial para América del Sud.

 

La Gran Logia de Inglaterra empezó a tener matricula de sus miembros recién a partir de 1750; carecemos de mayores datos sobre el antes mencionado Took y los masones que pudo haber iniciado en aquella época. Su nombre figura en 1730 como miembro de la Logia Emulación Nº 21 de la ciudad de Londres, cuya fundación data en 1723.

 

En una nomina de Grandes Maestros Provinciales, que aparentemente se remonta al ano 1737, Took sigue figurando con el referido titulo así como las Logias fundadas por el que continuaban en actividad.

 

En la ciudad de Buenos Aires encontramos a Took entre 1735 y 1737, ocupándose aparentemente de negocios, ya que realiza varios viajes entre la ciudad de Buenos Aires y la región del Caribe y Brasil.

 

Se ha podido comprobar como cierta la existencia en Buenos Aires de una Logia denominada Independencia, fundada a fines del siglo XVIII y que obtuvo Carta Constitutiva de la Grande Loge Generale Ecossaise de France, cuerpo este que fue absorbido el 8 de enero de 1805 por el Gran Oriente de Francia.

 

A fines del siglo XVIII, el portugués Juan de Silva Cordero, funda la Logia San Juan de Jerusalén de la Felicidad de esta parte de América, con Carta Constitutiva de la Gran Logia de Maryland. Los títulos distintivos de ambas Logias indican bien a las claras cuales eran las finalidades perseguidas por sus organizadores: la independencia y la felicidad de esta parte de América.
Durante las Invasiones Inglesas, en el seno de los regimientos que llegaron a Buenos Aires había Logias que funcionaban con Carta Constitutiva de la Gran Logia de Irlanda. Los miembros de esas Logias constituyeron en Buenos Aires las Logias Hijos de Hiram y Estrella del Sur, ambas también con Carta Constitutiva de la Gran Logia de Irlanda, y en cuyo seno fueron iniciados muchos criollos.

Al producirse la Revolución de Mayo existía en Buenos Aires una logia presidida por el doctor Julián B. Álvarez. Se desconoce con exactitud el nombre de la referida logia, ya que unas veces aparece con el de San Juan y otras con el de Independencia y como todas las Logias Masónicas se denominan Logias de San Juan, cabria la hipótesis de que el de Independencia fuera el verdadero titulo distintivo de la Logia y esta fuera la misma fundada a fines del siglo XVIII.

La Logia de San Juan o Independencia fue presidida por el doctor Álvarez; tiene una importancia fundamental por cuanto de entre sus miembros fueron seleccionados aquellos que secundarían a Alvear, San Martín, Zapiola y demás masones viajeros que llegaron en la fragata Jorge Canning, para la fundación de la Logia Lautaro de Buenos Aires.

La Logia Lautaro, fue fundada en 1812 y sus integrantes formaron posteriormente las lautarinas o lautarias de las ciudades de Santa Fe, Córdoba y Mendoza en la Argentina, y la de Santiago de Chile.

 

Además de las Logias lautarinas, durante las guerras de la independencia hubo sendas Logias en el Ejercito de los Andes y en el Ejercito del Norte, la primera presidida por el Libertador y la segunda por Belgrano.

El general Belgrano funda además la Logia Argentina de la ciudad de Tucumán, denominada posteriormente Unidad Argentina y que trabajo con Carta Constitutiva otorgada par la Masonería de Nueva Granada. Véase respecto de las actividades masónicas del general Belgrano el estudio realizado por Arturo Gambolini, organizador del Archivo Histórico de la provincia de Salta.

 

Se pone particular énfasis en esto ultimo por haber sido la Masonería reiteradamente condenada par las autoridades del Vaticano desde el 28/4/ 1738, en que apareció la “constitución” In Eminenti Apostolatus Specula, de Clemente XII. Sobre esa encíclica se baso Felipe V en 1740 para legislar en contra de los masones, ejemplo que se imitó con el Real Decreto del 2 de julio de 1751 y otras sucesivas medidas de las autoridades españolas hasta la actualidad, en que el gobierno franquista condena el “delito de Masonería” con una pena mínima de doce años y un día de prisión.

 

Por su parte, el Vaticano ha seguido condenando a la Masonería a través de las “constituciones” de Benedicto XIV, del 18 de mayo de 1751, titulada Próvidas Romanorum; de Pío VII, del 13 de setiembre de 1821, titulada Ecclesiam a Jesu-Christo; de León XII, del 13 de marzo de 1825, Quo Graviora; las encíclicas de Pío VIII, del 21 de mayo de 1829, Traditi Humilitati Nostrae; de Gregorio XVI, del 15 de agosto de 1832, Mirari Vos, que esta dirigida contra los errores del mundo moderno; de Pío IX, autor de varias, las más importantes de las cuales son Qui Pluribus, del 9 de noviembre de 1846, Syllabus, del 8 de diciembre de 1864, Multiplices Inter, del 21 de septiembre de 1865, Ex Epístola, del 26 de octubre de 1865, Apostolicae Sedis, del 12 de octubre de 1869, y Etsi Multa, del 21 de noviembre de 1873; y final mente, León XIII, con su Humanum Genus, del 20 de abril de 1884, seguida de una Instrucción Publica del Santo Oficio “De Secta Massonum”, del 7 de mayo de 1884, “Proeclara Gratulationis”, del 20 de junio de 1894, Annum Igressi, del 18 de marzo de 1902, sin contar la declaración hecha oficialmente el 19 de marzo de 1950, a través de las columnas del Osservatore Romano, órgano periodístico oficioso del Estado Vaticano, en el sentido de que las condenaciones de la Masonería se mantienen en toda su integridad.
En 1821 un grupo de constitucionalistas españoles llegan a Buenos Aires, fundando la Logia Aurora, bajo los auspicios de la Masonería española. Con la muerte del general Rafael del Riego y Núñez, varios de sus partidarios llegaron a Buenos Aires, formando otra logia con el titulo distintivo de Libertad, bajo los auspicios del Gran Oriente Español. De esa época datan también la Logia Fénix, fundada bajo los auspicios de la Gran Logia de Maryland, así como la Valeper, fundada por Lafinur.

 

En 1825 un grupo de estadounidenses organizan Estrella Sureña (Southern Star) con Carta Constitutiva de la Gran Logia de Pensilvania. En esa Logia se incorporó don Bernardino Rivadavia. La Logia siguió trabajando hasta que en el ano 1829, ya baja la influencia rosista, fueron perseguidos sus integrantes, viéndose obligados muchos de ellas a emigrar a Montevideo, donde formaron la Logia Asilo de la Virtud, con Carta Constitutiva también de la Gran Logia de Pensilvania.

 

Durante la tiranía surgieron numerosas Logias conocidas con la denominación genérica de Unitarias, por cuanto la mayoría, si no todos sus componentes, se oponían al régimen sanguinario de Rosas. En esas Logias militaron muchos de los más allegados, e incluso cercanos parientes de Rosas. Algunas de esas Logias llegaron hasta nuestros días: v.g., la de San Juan de la Frontera, de la ciudad de San Juan; la Constante Unión, de la ciudad de Corrientes; y la Jorge Washington, de la ciudad de Concepción del Uruguay.

 

Por su parte, Garibaldi, durante su estadía en Entre Ríos, en 1837, funda una Logia en Gualeguaychú.

 

Después de Caseros los masones siguen agrupándose y surgen varias Logias argentinas y algunas extranjeras. Entre las primeras cabe mencionar la Logia Fraternidad de San Nicolás de los Arroyos, fundada por José A. Melián, y las Logias Concordia, fundada en 1852, Constancia, en 1855, Unión del Plata, en 1855, y Confraternidad Argentina, en 1856, estas ultimas de la ciudad de Buenos Aires. Esas Logias trabajaban bajo los auspicios de la Masonería brasileña o del Uruguay.

 

Entre las Logias extranjeras recordamos la Logia Amie des Naufrages, integrada por franceses y que trabajaba baja los auspicios de la Masonería francesa; y la Logia Excelsior, fundada en 1853 por un grupo de residentes ingleses, bajo los auspicios de la Gran Logia Unida de Inglaterra.

 

El 11 de diciembre de 1857 siete de las Logias existentes en la ciudad de Buenos Aires: Unión del Plata, Confraternidad Argentina, Consuelo del Infortunio, Tolerancia, Regeneración, Lealtad y Constancia, se agrupan y constituyen la actual Gran Logia de la Argentina, eligiendo como primer Gran Maestre al doctor José Roque Pérez, distinguido jurisconsulto, diplomático, hombre público y eminente filántropo.

 

Acompañaron al doctor José Roque Pérez en su gestión el doctor Pedro Díaz de Vivar, en calidad de Pro Gran Maestre; el doctor Nicanor Albarellos y el coronel Santiago Rufino Albarracín, como Grandes Vigilantes; el doctor Eustaquio J. Torres, como Gran Orador; el doctor Fernando Cruz Cordero, como Gran Secretario; don Federico Álvarez de Toledo, como Gran Tesorero; y el doctor Alejandro Brown, como Gran Hospitalario.

 

Según un cuadro del 25 de julio de 1859, había las siguientes Logias: Unión del Plata Nº 1 con 110 miembros y Venerable Maestro el doctor Federico Pinedo; Confraternidad Argentina Nº 2 con 96 miembros y V. Maestro don José Manuel Lafuente; Consuelo del Infortunio Nº 3 con 90 miembros y V. Maestro el doctor Nicanor Albarellos; Tolerancia Nº 4 con 82 miembros y V. Maestro el doctor Bernardo de Irigoyen; Regeneración Nº 5 con 56 miembros y V. Maestro don Mariano Billinghurst; Lealtad Nº 6 con 96 miembros y V. Maestro don Antonio Zinny; Constancia Nº 7 con 24 miembros y V. Maestro don Esteban Senores; Sol de Mayo Nº 8, de la ciudad de Buenos Aires como las anteriores, con 56 miembros y V. Maestro el doctor Carlos Durand; Verdadera Iniciación Nº 9 de la ciudad de Buenos Aires, en formación; Fraternidad y Beneficencia (actualmente llamada Unión y Amistad) Nº 10 de San Nicolás de los Arroyos con 41 miembros y V. Maestro el general Wenceslao Paunero; Filantropía Nº 11 de la ciudad de Rosario se hallaba en receso, Unión Italiana Nº 12 con 45 miembros y V. Maestro el doctor José Salvarezza; Obediencia a la Ley Nº 13 de la ciudad de Buenos Aires, al igual que la anterior, con 25 miembros y V. Maestro el doctor Manuel Pereda; Verdad Nº 14 de la ciudad de Mercedes, provincia de Buenos Aires, con 34 miembros y V. Maestro el doctor Manuel H. Langenheim; y Dios y Libertad Nº 15 de la localidad de Los Ranchos, de la antes mencionada provincia, con 20 miembros y V. Maestro el doctor Benito Méndez González. Es decir, a veinte meses de la fecha de su fundación, la Gran Logia de la Argentina contaba con 15 Logias que agrupaban a casi 900 miembros. Ese impulso inicial lo ha mantenido a través del siglo de su existencia y ha permitido la fundación de más de 400 Logias en el país, para agrupar en su seno a unos 60.000 miembros.

Nuestros primeros domicilios: calle Bolivar, City Hotel, ex-teatro Colon en el hoy Banco Nación.

El primer asiento de la Gran Logia de la Argentina se hallaba en la calle Bolívar, donde en la actualidad esta el edificio del City Hotel. Posteriormente se traslado al primer piso del antiguo Teatro Colon, que se erigía donde actualmente se halla el edificio del Banco de la Nación Argentina, frente a la histórica Plaza de Mayo, y donde permaneció hasta la inauguración de su actual casa, el 3 de marzo de 1872. Los planos del Templo Masónico de la calle Cangallo 1242 fueron diseñados por el ingeniero Carlos E. Pellegrini, pero al decaer su estado de salud prosiguió la dirección de las obras el ingeniero Tamburini, autor del plano inicial del actual edificio del Teatro Colon, ayudado por el ingeniero Luis A. Huergo.

 

En la Masonería militaron destacadas figuras de la nacionalidad. Porque en todos los países y en todos los tiempos fueron miembros de la Masonería los mas destacados ciudadanos, por ser la única institución verdaderamente neutral en los aspectos políticos y religiosos, donde en un ambiente de respeto pueden actuar libremente, expresar sus ideas y confiar sus anhelos e inquietudes, y encontrar la compresión y apoyo que a veces son imprescindibles para llevar a la practica nobles iniciativas.

 

MASONES DE LA ARGENTINA

 

Los Presidentes de la Nación: 14 ciudadanos que ocuparon la Presidencia de la Nación y que fueron masones: Bernardino Rivadavia, Vicente López y Planes, Justo José de Urquiza, Santiago Derqui, Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento, Miguel Juárez Celman, Carlos Pellegrini, Manuel Quintana, José Figueroa Alcorta, Roque Sáenz Pena, Victorino de la Plaza, Hipólito Irigoyen y Agustín P. Justo.

 

Vicepresidente masones: Salvador María del Carril, Juan Esteban Pedernera, Mariano Acosta, Adolfo Alsina (hijo de D. Valentín Alsina también masón), Francisco B. Madero, Norberto Quirno Costa, y Julio A. Roca (H), aparte de otros ciudadanos que, en virtud de la ley de acefalita, ocuparon transitoria o circunstancialmente la vicepresidencia o ejercieron la primera magistratura, tales como Antonio del Pino, Benito Villanueva y otros.

 

Escritores: Bartolomé Hidalgo, José Hernández, Hilario Ascasubi, Estanislao del Campo, Miguel Cane, José Mármol, Alejo Peyret, Eduardo Wilde, José Ingenieros, Roberto J. Payró, Alejandro Korn, Leopoldo Lugones;

 

Periodistas: los hermanos Varela, los hermanos Gutiérrez, Olegario V. Andrade, Miguel Goyena, Servando A. Gallegos, Ovidio Lagos, José S. Álvarez (Fray Mocho), Joaquín V. González;

 

Científicos: Luis M. Drago, Juan Antonio Fernández, Teodoro Baca, Manuel Augusto Montes de Oca, Eduardo Acevedo, Oscar Doering, José Maria Ramos Mejía, Eliseo Canton, José Maria Moreno, José Miguel Guastavino, Juan Maria Gutiérrez, Ricardo Gutiérrez, Carlos Murray, Florentino Ameghino, Martín Spuch, Eduardo Logia Holmberg; e investigadores del pasado como Lucio V. López, Manuel Trelles, Antonio Zinny, Alejandro Rosa, José M. Pelliza, Adolfo Saldías, fueron masones.

 

Hombres de armas: almirantes Manuel Blanco Encalada, Luis Cabassa, Bartolomé Cordero, Mariano Cordero, Edelmiro Correa, Antonio Somellera, Daniel de Solier, Enrique G. Howard, Enrique B. García; o los generales Juan A. Gelly y Obes, Wenceslao Paunero, Emilio Mitre, Benjamín Victorica, Félix Benavides, Eduardo Broquen, Emilio Conesa, Donato Álvarez, Nicolás Levalle, Eleodoro Damianovich, Cesáreo Domínguez, Rosendo Maria Fraga, Manuel Fernández Oro, Teodoro García, José M. Francia, Eduardo Racedo, Zacarías Supisiche, Nicolás Vega, Francisco J. Reynolds, Joaquín Viejobueno, Luis J. Dellepiane, sin olvidar figuras de menor graduación pero no por eso menos recordadas y apreciadas, como Luis Piedrabuena, Luis Py, Erasmo Obligado, Clodomiro Urtubey, Santiago J. Albarracin, Felix Dufourcq o Jorge Reyes.

Hombres de teatro: Florencio Sánchez, Roberto Casaubon (conocido como Roberto Casaux), Emilio Onrubia, Forencio Parravicini, Enrique García Velloso, Ezequiel Soria, Enrique Muiño, Enrique de Rosas, Luis Arata;

 

Artistas: Carlos Enrique Pellegrini, Ignacio Manzoni, Prilidiano Pueyrredón, Mariano Agrelo, Martín Boneo, Ernesto de la Cárcova, Rogelio Yrurtia.

 

Me he abstenido ex profeso de incluir eclesiásticos. Esa omisión se debe al deseo de evitar que su memoria, tan querida para los masones, sean ellos obispos, deanes o simples miembros del clero regular o secular, se vea librada a la irracionalidad del fanatismo. Pero con relación a los nombres de sacerdotes que en forma pública rompieron sus vínculos con la Iglesia Católica Romana: Julián S. de Agüero, el Dr. Emilio Castro Boedo, el Dr. Celestino Logia Pera, o el Dr. José E. Labbe, es innecesario no mencionarlos, ya que en su momento los casos respectivos tuvieron gran notoriedad. Inclusive sacerdotes católicos cuya militancia masónica era conocida en vida de ellos, como el caso de monseñor Miguel Vidal, del capellán de las fuerzas armadas José de Sevilla Vázquez y otros.

 

Fueron estos hombres quienes lograron el apaciguamiento definitivo de los espíritus y el establecimiento de la concordia en la crisis de Caseros y la caída de Rosas; fueron ellos también quienes contribuyeron eficazmente a la sanción de la Constitución nacional de 1853, con recio coraje civil, organizaron, en 1868, la Comisión Masónica de ayuda a las victimas del cólera que azoto a Buenos Aires y otras ciudades, y posteriormente crearon la de ayuda a las victimas de la fiebre amarilla, durante la espantosa epidemia de ese flagelo, que asolo a Buenos Aires en 1871, presidiendo el cuerpo medico el doctor Juan José Montes de Oca.

 

“Esta ultima comisión, que se transformaría en la famosa Comisión Popular de lucha contra la fiebre amarilla, fue presidida, con abnegación y celo infatigable, por el doctor José Roque Pérez, el primer Gran Maestre de esta Gran Logia, quien, junto con muchos otros hermanos, como los Dres. Argerich, Pereyra Lucena, Keil, Guillermo Zapiola, Martinez de Hoz, perdieron la vida en el noble desempeño de su humanitario deber, voluntariamente asumido.

 

Fueron miembros de esta Gran Logia quienes acudieron en ayuda de las victimas del terremoto de Mendoza o los que pusieron en pie, en 1874 así como en 1880, cuando hizo crisis en un movimiento armado el conflicto cuyo epilogo seria la fijación de Buenos Aires como Capital Federal de la Republica, un Cuerpo Masónico de Ayuda a los Heridos, germen fecundo, entre nosotros, de esa benemérita institución, de origen masónico, la Cruz Roja Argentina. Fueron también ellos quienes promovieron la discusión y aprobación de la Ley de Registro Civil y de Matrimonio Civil; quienes hicieron posible la sanción de nuestra sabia Ley 1420 de Educación Común, estableciendo la enseñanza primaria obligatoria, gratuita y laica, eficaz instrumento civilizador, e imprescindible prolegómeno de la Ley Avellaneda sobre enseñanza universitaria, que tanto ha contribuido a nuestro progreso cultural y social.

 

Fueron ellos quienes en diversas oportunidades propiciaron la inclusión del divorcio absoluto en nuestra legislación, fueron ellos quienes propugnaron siempre la equiparación de derechos entre la mujer y el hombre; quienes han bregado por la difusión de la cremación de los cadáveres.

 

A la iniciativa de nuestros hermanos, se deben: las primeras bibliotecas populares que funcionaron, la primera Comisión Municipal de esta ciudad, germen de su actual gobierno comunal, la primera escuela de artes y oficios que se organizara en el país, la Sociedad Tipográfica Bonaerense, la Sociedad Farmacéutica y Bioquímica Argentina, el Colegio de Escribanos, la Sociedad Geográfica Argentina, la Sociedad Amigos de la Astronomía, la Sociedad Rural Argentina, la Sociedad Científica Argentina, la Academia de Medicina, el Circulo Medico Argentino, el Instituto Geográfico Argentino, el Centro Naval, el Circulo Militar, la Fraternidad, que agrupa y sigue agrupando a los maquinistas ferroviarios, la Fraternidad de Concepción del Uruguay, benemérita institución que ha tenido gran influencia en la formación de ciudadanos progresistas en el litoral de la Republica, la Unión Industrial Argentina, el Circulo de la Prensa, el Ateneo Iberoamericano de Buenos Aires, el Asilo de Mendigos, el Asilo de Sordomudos, el Hospital Durand, el Hospital de Niños y todos los hospitales de colectividades extranjeras que hoy brindan sus servicios no sólo a esas colectividades, sino también a gran parte de la población, y hasta la Sociedad Protectora de Animales.

 

“Nuestra posición, en lo que respecta a los grandes problemas nacionales e internacionales, puede resumirse en la defensa de tres objetivos capitales, la democracia, la libertad y el laicismo.

Como lo expresara en forma sintética Albert Camus, el gran escritor francés, ‘la libertad es la posibilidad de ser mejor. La esclavitud es la certeza de lo peor…’. Y al hablar de libertad no solo nos referimos a la libertad material, sino también a esa otra, más sutil y más difícil de alcanzar, la libertad espiritual.

 

Para consolidar la libertad y darle su cabal valor, estimamos necesario bregar por que en el mundo alcancen una real vigencia los derechos humanos, proclamados en el siglo XVIII y definidos y aprobados por la Asamblea de las Naciones Unidas, en Paris, el 10 de diciembre de 1948.

 

“Defendemos el laicismo, la neutralidad religiosa del Estado, con todas sus consecuencias: separación de las Iglesias y el Estado, enseñanza publica laica, control gubernamental democrático de la enseñanza privada, matrimonio civil, secularización de los cementerios, etc., porque el laicismo es inseparable de la libertad de conciencia y de cultos. Solo él puede garantizarla.

 

“Creemos que el hombre es perfectible física, mental y moralmente, y a su perfeccionamiento dedicamos lo mejor de nuestras energías; sabemos que de ese perfeccionamiento depende el progreso social, que no solo concebimos en su faz material, sino muy especialmente en su faz ética.

 

“Encierran una gran verdad estas palabras de Logan Pearsall Smith: ‘La conducta moral de algunas personas esta dictada por el temor a Dios, la de otras por el temor al agente de policía y la de otras por el temor de sí mismas’. Aspiramos a que estos pocos últimos se conviertan en la mayoría de la especie humana. Es posible que alguien pueda considerarnos como retardatarios que todavía no han logrado librarse de la euforia cientificista de fines del siglo pasado. Nosotros creemos, por el contrario, que los constantes hallazgos de la ciencia deben afirmarnos en nuestro optimismo.
EL PERIODO COLONIAL (1772-1810)


La educación en el Plata
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Desde los primeros tiempos de la conquista y colonización americana, Perú y México fueron los centros principales de la atención hispánica.
La región del Plata, en cambio, acaso por su carencia de riquezas minerales, ocupó un lugar secundario en el ordenamiento de Indias, y también lo fue en el plano cultural.
Durante un extenso período, el Plata careció de vida intelectual propia, y sus pobladores se orientaron hacia otros centros educativos cuando pretendieron instruirse.

En 1538, cuarenta y seis años después del descubrimiento, fue fundada en Santo Domingo la primera universidad del continente, a la que siguieron, durante ese mismo siglo XVI, las de México, Lima y Bogotá; y desde 1613 hasta 1791, Córdoba, Charcas, San Carlos de Guatemala, Caracas, Santiago de Chile, La Habana y Quito.
Al promediar el siglo XVIII, Buenos Aires carecía de universidad y de institutos públicos que impartieran enseñanza media o superior; los más próximos quedaban en Córdoba y Charcas.
Sólo ciertos conventos mantenían cursos de teología o filosofía, sobre todo la orden de los jesuítas, que desde 1617 dictaba, privadamente, una docencia elemental.

Alrededor de 1654, el Cabildo solicitó a esa misma orden que asumiera plenamente la educación de la juventud, a cuyo efecto le cedió un solar en la Plaza Mayor para que edificase su convento y sus aulas. El 25 de mayo de 1661 los jesuítas se trasladaron a un nuevo local ubicado en el mismo sitio que hoy ocupa el Colegio Nacional de Buenos Aires entre las actuales calles Bolívar, Moreno, Perú y Alsina; donde, gracias al legado del padre Juan de Alquizalete y a la generosidad de otros vecinos, habían construido, hacia 1767, el edificio en que proyectaban instalar un colegio convictorio, es decir, con internado: el Colegio Grande de San Ignacio.
Pero el 2 de julio de ese año, el monarca Carlos III dispuso la expulsión de la orden. En 1769 creó la Junta de Temporalidades, a efectos de administrar y dar destino a los cuantiosos bienes de los expulsos. La urgencia de contar con una casa de estudios superiores era entonces tan grande, que en algún momento se pensó en trasladar la Universidad de Córdoba a Buenos Aires. El Cabildo así lo propuso, pero ante la protesta levantada en Córdoba, la medida no se concretó.
Fundación del Real Colegio de San Carlos.
En ese tiempo, Juan José Vertiz fue designado gobernador. Hombre ilustre y progresista, de inmediato se abocó a la tarea de organizar un establecimiento educativo.

Contaba con las rentas y los bienes -inclusive una chacra y una estancia-, confiscado a los jesuitas, que la Junta de Temporalidades, integrada por el mismo Vértiz, administraba con destino a beneficencia. Por lo tanto, el gobernador se dirigió, con fecha 16 de noviembre de 1771, en base a un informe de la Junta, a los Cabildos Eclesíastico y Secular, para “que coadyuven con sus dictámenes” sobre materia pedagógica.
El Cabildo Eclesiástico se expidió de inmediato (5 de diciembre), mediante un informe medular, atribuídos según todos los indicios, a Juan Baltazar Maziel. Este informe proponía la creación de un convictorio y universidad en el Colegio Grande, tomando por modelo el Colegio de Monserrat fundado en Córdoba en 1687.
La Junta de Temporalidades resolvió pronto, acorde con los dos dictámenes, la creación de los cursos del Real Colegio de San Carlos, -llamado así en homenaje al monarca, Carlos III-, que Vértiz inauguró el 10 de febrero de 1772, en condiciones un tanto precarias, porque las cátedras no estaban aún provistas. El 28 de febrero se cubrieron las de latín y primeras letras, en las personas de Villota y García. Meses después las de filosofía, a cargo del presbítero Juan Montero. A comienzos del año siguiente, 1773, la Junta designó carcelario y regente de los reales estudios a Juan Baltazar Maziel, que redactó el reglamento de estudios y dirigió con acierto los destinos del Colegio durante catorce años.
El Convictorio Carolino.
Vertiz, elevado a la jerarquía de Virrey, estableció, el 3 de noviembre de 1783, el Real Convictorio Carolino; su primer rector fue Vicente de Jaunzaras, cuya autoridad, referida al Convictorio, coexistió con la de Maziel, que atendía los reales estudios. A este ultimo; desterrado en Montevideo por el virrey Loreto (1787), sucedió Montero; y a Jaunzaras, tras el interinato de José Antonio Acosta (1786-91), Luis José Chorroarin, ahijado de Vertiz y brillante egresado del propio Colegio, quien desde 1804, por renuncia de Montero, unifico ambos cargos. El Convictorio existió hasta 1806, cuando con motivo de la invasión inglesa las aulas del internado fueron transformadas en cuartel, y sólo subsistieron lánguidamente, los reales estudios.
La figura de Saavedra.

 

En LA CAMPANITA nº 13 de enero/abril 2001 (pág. 13) el condiscípulo Marcelo Di Scala (1983) señala que existe una vinculación que permanece hasta la fecha entre el Colegio y el Regimiento 1º de Infantería de Patricios; y que dicha conexión está dada por Don Cornelio de Saavedra exalumno del Real Colegio de San Carlos, primera promoción de 1778. Circa 1807, dicho Regimiento tenía su cuartel en el antiguo edificio del Colegio, lo que le lleva a decir que precisamente fue el Reg. 1º de Patricios, la primer persona jurídica que egresó del Colegio. Desconoce que Saavedra era masón, al igual que Manuel Dorrego, Marco Avellaneda y Antonio Aberastain, y el Gral. San Martín, próceres que menciona en su artículo, comparándolos con Saavedra por la injusticia en que ha incurrido la historia argentina con dichos patriotas.

Algo similar cabe también señalar con respecto al Dr. García Hamilton y su referencia a la teoría del nacimiento de San Martín de una india, de donde su sangre mestiza lo habría convertido en Libertador (vid. La Campanita nº 14) sin mencionar la masonería del Gran Capitán y la de su supuesto medio hermano Carlos María de Alvear.
Régimen interno del Colegio.

 

 

Durante este periodo inicial, el Colegio conoció momentos de auge y decadencia. Se inauguro con unos setenta alumnos, que vistieron la “veca” especie de banda o faja que llevaban suspendida de los hombros-, en el solemne acto preliminar presidido por Vertiz. Las Constituciones, dadas por Vertiz en 1783, explican con detalle las funciones de las autoridades, los deberes estudiantiles y el régimen de vida. El reglamento preveía severos castigos, incluyendo el cepo, grillos y azotes. Los estudios más importantes eran de teología, filosofía y gramática, realizándose semanalmente torneos dialécticos. Los profesores, por lo común, fueron designados en concursos de oposición.

 

FUNDACIÓN DE LA PRIMERA UNIVERSIDAD DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES. SUS ORÍGENES.-

 

La Universidad de Buenos Aires fue creada por un decreto del gobierno de la Provincia el 9 de agosto de 1821 y quedó formalmente inaugurada con un acto solemne que tuvo lugar en la Iglesia de San Ignacio el 12 de ese mismo mes. Con su creación se cumplía un antiguo anhelo de la comunidad porteña que había bregado, en forma insistente y sin éxito, por la fundación de una casa de altos estudios durante los últimos tramos de la etapa colonial. Las autoridades de la ciudad habían solicitado a la Corona española, ya en la década de 1770, la creación de la universidad, pero, aparentemente, la oposición de los universitarios de Córdoba fue decisiva para que el proyecto no llegase a buen término.
La nueva Universidad incorporó algunas de las instituciones de enseñanza superior que funcionaban en la ciudad desde hacía algunos años. La sociedad porteña, una comunidad de funcionarios, comerciantes, militares y navegantes, había propiciado la conformación de organismos educativos que pudiesen resolver algunos de sus problemas prácticos más acuciantes. En 1780 se había creado el Protomedicato que tenía como propósito central controlar la salud de la población y el ejercicio de los oficios vinculados con ella. Tiempo después esta misma institución fue autorizada para ocuparse de la enseñanza de la medicina. Por otro lado, gracias a gestiones dirigidas por el Consulado de la ciudad, se crearon a finales del siglo XVIII las escuelas de Dibujo y Náutica que procuraban fortalecer la formación técnica de los pilotos y, durante la primera década revolucionaria, se establecieron la Escuela de Matemáticas, la Academia de Matemáticas y Arte Militar y el Instituto Médico Militar. Finalmente, en 1814 se creó la Academia de Jurisprudencia que agrupaba a los abogados residentes en Buenos Aires y administraba los exámenes a los graduados en Derecho que aspiraban a ejercer como letrados. Sin embargo, todavía entonces, los jóvenes porteños que quisiesen acceder a los grados universitarios debían dirigirse, entre otros sitios, a Córdoba, Lima, Chuquisaca o a España.

El gobierno designó como primer Rector al Presbítero Antonio Saénz. Se trataba de un sacerdote que gozaba de un gran prestigio y que había sido comisionado ya en 1816 para ocuparse del establecimiento de la Universidad. Esta adquirió una organización a través de departamentos en lugar de la clásica división en facultades propia de las universidades desde los tiempos medievales. La componían los departamentos de Primeras Letras, de Estudios Preparatorios, Ciencias Exactas, Medicina, Jurisprudencia y Ciencias Sagradas. Esta compleja organización obedecía también al hecho de que la institución no estaría consagrada solamente a la educación superior. Se trataba del organismo destinado a administrar al sistema educativo en su conjunto. Las autoridades de la Provincia, en particular su Ministro de Gobierno, Bernardino Rivadavia, estaban empeñadas entonces en impulsar un proyecto de reorganización general de la estructura institucional del estado. En este contexto, el incentivo a las actividades educativas y culturales cumplía un papel singular.

La UBA nació así con una impronta distinta a la de la Universidad de Córdoba, la otra gran casa de altos estudios existente por entonces en lo que sería, años más tarde, el territorio argentino. Esta última era una clásica universidad colonial, fundada sobre el viejo modelo de la universidad escolástica. Su principal rama de estudios había sido, hasta finales del siglo XVIII, la Teología. La casa de altos estudios porteña surgió, en cambio, cuando este modelo se encontraba en crisis en todo el mundo occidental y desde sus inicios tuvo un sello más “utilitarista” y “profesionalista” que su símil cordobés. Pero tampoco deberían sobreestimarse esas diferencias. Los primeros cinco rectores de la Universidad y que rigieron la institución hasta la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852; Antonio Saénz, José Valentín Gómez, Santiago Figueredo, Paulino Gari y Miguel García fueron sacerdotes. A partir de junio de 1852, con el nombramiento de Francisco Pico se rompió la tradición de designar clérigos para ocupar el cargo de Rector.

Los primeros años de vida de la institución fueron particularmente complejos. Poco tiempo después de su creación ésta concentró sus esfuerzos en los Departamentos de Primeras Letras y de Estudios Preparatorios ya que los otros recibieron un número muy pequeño de estudiantes. El de Ciencias Sagradas, por ejemplo, no pudo comenzar su funcionamiento por no tener ningún alumno. Pero también experimentó otros problemas: el escaso compromiso de varios de sus profesores con la enseñanza, la falta de recursos y la ausencia de un reglamento interno que fijase con claridad las obligaciones de sus autoridades y docentes. Esto provocó que, pocos años después de su fundación, el Rector elevara una nota al entonces gobernador de la Provincia, Juan Gregorio de Las Heras, señalándole que si no se tomaban rápidamente medidas, la institución corría peligro de convertirse “en una reunión de farsantes”. Tampoco pudo la Universidad quedar al margen de los conflictos políticos que atravesaron a la provincia durante toda la primera mitad del siglo XIX. La inestabilidad institucional y administrativa derivada de las guerras civiles tuvo un impacto profundo y afectó negativamente sus actividades. En diferentes oportunidades se modificó su estructura interna y sus formas de gobierno. Tal vez el momento más dramático de esta etapa se produjo cuando el gobernador de la Provincia, Juan Manuel de Rosas, en el año 1838, en el contexto del bloqueo francés al puerto de Buenos Aires, resolvió suspender la partida que sostenía su funcionamiento en el presupuesto estatal. Específicamente suprimió la dotación de los empleados disponiendo que aquellas cátedras que no pudiesen ser sostenidas por los alumnos debían cesar en sus actividades. El presupuesto de la Universidad pasó entonces de 35000 pesos anuales a 2900. Pero la casa de estudios logró mantener su funcionamiento gracias a los aportes de sus estudiantes, a los recursos obtenidos a través de subscripciones públicas y a la colaboración de varios profesores que aceptaron dar sus clases en forma gratuita. A estas difíciles circunstancias se sumaron, también en los orígenes, controversias y conflictos entre los principales actores de su vida institucional y académica. Uno de ellos, y particularmente grave, fue el que enfrentó a su primer Rector, Antonio Sáenz con uno de los catedráticos de Filosofía, Juan Manuel Fernández de Agüero. Saénz acusó a Agüero de sostener en sus cursos proposiciones escandalosas y heréticas e intentó destituirlo. El conflicto expresaba también los límites que existían, todavía entonces, para construir una institución universitaria desvinculada por completo del molde impuesto por las tradiciones religiosas.

 

A pesar de las condiciones precarias en las que desarrollaba sus actividades, la Universidad cumplió un papel central en la socialización de las clases dirigentes porteñas durante las décadas centrales del siglo XIX. El creciente número de graduados da testimonio de esta importancia. Entre 1831 y 1837 se graduaron entre 11 y 12 estudiantes en el departamento de jurisprudencia, en 1850 fueron 18 y 17 en 1852. En el de Medicina egresaron un promedio de 11 estudiantes entre 1838 y 1852. Este papel central en la formación de las élites se acentuó después de 1852 cuando, una vez derrocado el gobierno de Juan Manuel de Rosas, el país entró en una nueva etapa signada por el comienzo de la organización constitucional y la conformación del estado nacional. Los estudios superiores brindaban una serie de habilidades y conocimientos fundamentales para todos aquellos atraídos por la vida política y la administración pública y muchos de sus estudiantes, formados en aquellas épocas de guerras y conflictos, desempeñarían un papel central en la vida pública de la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX. Por otra parte, la Universidad recuperó desde entonces las partidas que le habían sido sustraídas y se abocó a reorganizar su estructura. La Facultad de Medicina fue separada de la institución hasta 1874 y por eso sus funciones se concentraron en los Departamentos de Estudios Preparatorios y de Jurisprudencia. En este último, cuya actividad estaba dominada sobre todo por dos cátedras, las de Derecho Canónico y Derecho Civil y de Gentes se agregaron, entre otras, las de Economía Política y luego las de Derecho Criminal y Mercantil. Se transformó el plan de estudios, pero la implementación de nuevas asignaturas se pospuso en varias oportunidades ya que no se encontraron profesores en condiciones de asumirlas. Estas dificultades llevaron incluso a la contratación de profesores extranjeros: el italiano Clemente Pinoli se hizo cargo de la cátedra de Economía Política y un destacado jurista colombiano, Florentino González, se hizo cargo de la de Derecho Constitucional y Administrativo en 1868.
El Colegio NACIONAL Eclesiástico.
Rosas cayó en 1852. A partir de entonces, pueden advertirse intentos aislados, en provincias, por establecer colegios que atendieran la urgencia educacional del país. En Corrientes, el Colegio Argentino (1853), en Tucumán el de San Miguel (1854) que Jacques regenteó; en Salta el de San José (1856); en San Juan el Preparatorio, etc. A su turno, el gobernador porteño Pastor Obligado, había restablecido la vieja institución, ahora llamada Colegio Eclesiástico – Seminario y Colegio de estudios generales al mismo tiempo, 1854 -, bajo la dirección del canónigo Eusebio Aguero.

 

Este había tenido actuación importante en distintos momentos de la historia nacional, como profesor, político y asesor de gobernantes; fue secretario del general Paz, prisionero de Ibarra y prófugo de Rosas. Luego de Caseros, retornó del Uruguay, fue electo senador, y administró el Colegio con el rigor y la pulcritud de un asceta.

Federico Tobal (417) y Miguel Cané (148 – Regeneración nº 5, su padre en Lealtad nº 6), que lo conocieron bien, han dibujado certeramente la figura del canónigo, a veces mediante simples anécdotas reveladoras: en una ocasión, por ejemplo, los alumnos colocaron un estandarte en las ventanas exteriores con un lema que reclamaba:

“En este colegio estudiaron, además de Tobal: Juan José Romero, Octavio Bunge, el famoso médico Juan A. Argerich (109- Tolerancia nº 4), y el hijo adoptivo de Sarmiento, Dominguito.”

Situación de la educación luego de la Batalla de Caseros (1852).

El despertar cultural que en la enseñanza secundaria dio lugar al advenimiento de los colegios nacionales, también se hizo sentir en la enseñanza superior. En 1854 la Confederación propone a la provincia de Córdoba la nacionalización de la Universidad y del Colegio Montserrat. Pero la nacionalización no logra modificar el carácter tradicional de la universidad cordobesa. Tal situación se mantiene hasta la presidencia de Sarmiento, época en la que, por así decir, la ciencia irrumpe violentamente en los claustros cordobeses. En 1869 se aprueba una ley por la cual: “Autorízase al Poder Ejecutivo para contratar dentro o fuera del país hasta 20 profesores, que serán destinados a la enseñanza de ciencias especiales en la Universidad de Córdoba y en los Colegios Nacionales”. Es esta la ley que da nacimiento a la futura Academia de Ciencias de Córdoba que, a su vez, deja como saldo en la universidad cordobesa una Facultad de ciencias.

Mientras tanto, en Buenos Aires cuando no había aún pasado un mes desde la batalla de Caseros, el gobierno de la provincia dicta un decreto. Con este decreto se inicia la reorganización de la Universidad. Volvieron así a funcionar la Facultad de jurisprudencia (la de medicina se separó de la Universidad por un decreto de 1852), y el Departamento de estudios preparatorios, al cual volvieron a incorporársele en 1854 los estudios de física experimental (uno de sus profesores fue Jacques) y de química; éstos a cargo de Miguel Puíggari, considerado “el fundador de la enseñanza de la química moderna” en la Argentina para lo cual hubo que exhumar los aparatos del antiguo laboratorio y adquirir otros nuevos. Pero los estudios científicos carecían aún de facultad.

Será la obra de uno de los más grandes promotores de la cultura argentina: Juan María Gutiérrez, rector de la Universidad de Buenos Aires desde 1861 hasta 1874. De la gestión universitaria de Gutiérrez nos interesa destacar la creación del Departamento de ciencias exactas.

En 1865, se crea el “Departamento de ciencias exactas, comprendiendo la enseñanza de las matemáticas puras, aplicadas y de la historia natural”. La enseñanza se confía respectivamente a los profesores contratados de Europa: la de matemáticas puras al doctor Bernardina Speluzzi, de la Universidad de Pavía; la de matemáticas aplicadas al ingeniero Emilio Rosetti, licenciado en la Facultad de Matemáticas de la Universidad de Turín; y para la historia natural a Pelegrino Strobel, de la Universidad de Parma. Strobel regresó en 1866 a su patria y fue sustituido por Juan Ramorino.

El Departamento inició sus tareas en 1866. Y en 1869, después de los cuatro años de estudios, egresaron los primeros doce ingenieros argentinos que tuvieron todos una destacada actuación profesional y científica. Recordemos a Valentín Balbín que reemplazó a Speluzzi y fue luego designado doctor honoris causa. Se debe a Balbín uno de los primeros intentos de periodismo científico: en 1889 funda la Revista de matemáticas elementales que tuvo tres años largos de vida. Sólo un cuarto de siglo después reaparecerá otro intento semejante.

Veamos ahora rápidamente las etapas sucesivas del Departamento de ciencias exactas de Buenos Aires. En 1874 la Universidad sufre una reforma esencial: se le reincorpora la Facultad de ciencias médicas, el Departamento de estudios preparatorios se convierte en Facultad de humanidades y filosofía, y el Departamento de ciencias exactas se desdobla en dos Facultades científicas: de matemáticas, que presidirá Gutiérrez, y de ciencias físico-naturales, que presidirá Puíggari, Miguel (Iniciado en Barcelona, Logia Fidelidad, aquí participó en la Logia Docente pag 352).

Cuando en 1881 se produce la nacionalización de la Universidad las dos facultades vuelven a reunirse en la Facultad de ciencias físico-matemáticas.

En 1891 la Facultad toma su nombre actual de Facultad de ciencias exactas, físicas y naturales, y en sus planes de 1896 aparece al lado de los doctorados en ciencias físico-matemáticas y en ciencias naturales, el doctorado en química, cuyos estudios, en virtud de sus posibilidades profesionales, han adquirido gran pujanza.

En 1872, Gutiérrez, en un proyecto de ley remitido al gobierno, expuso sus ideas sobre organización universitaria. Propugnaba la enseñanza libre que “hará imposible la estancación de la ciencia” y proclamaba la autonomía universitaria.
Fuera de otras iniciativas, Gutiérrez proyectó escuelas de agricultura, de comercio y de náutica, así como se esforzó en crear una Facultad de química y farmacia. En este último proyecto fue estimulado por la Asociación farmacéutica de Buenos Aires, creada en 1858, y que desde entonces publica una Revista Farmacéutica.

En 1877 la Universidad inicia sus publicaciones, editando los Anales de la Universidad de Buenos Aires, que aparecieron hasta 1902 con una interrupción entre 1878 y 1888. Los Anales publicaron con preferencia documentos oficiales y sólo muy pocos trabajos firmados. En cambio la Revista de la Universidad de Buenos Aires, cuya publicación se inicia en 1904, contenía trabajos originales de filosofía, ciencias y letras, que reflejaban el movimiento cultural del país y del extranjero en conexión con los problemas de la Universidad.

Recién 10 años más tarde (1914), aparece la Revista de la Universidad Nacional de Córdoba con trabajos de humanidades, derecho y ciencias sociales, ciencias biológicas, ciencias físico-naturales y matemáticas.
Fundación del Colegio Nacional por decreto de 1863.

 
Se inicia en la Argentina, con la presidencia de Mitre, una era de resurrección científica. Es la era en que, paralelamente a la organización nacional, se organiza también la ciencia. Es la era en que los hombres de gobierno son hombres de cultura: historiadores, escritores, poetas. Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Gutiérrez, no sólo dirigen los destinos políticos de la nación, sino también estructuran y conforman su vida cultural. Es una etapa constructiva, la “segunda Argentina”, y que se cierra con la crisis político-económica del 90. Es un nuevo período extravertido, en que la Argentina vuelve sus miradas hacia el exterior y organiza su ciencia bajo direcciones europeas y norteamericanas. Es el período en que la gran figura de Sarmiento es símbolo y es realidad.

Al asumir Mitre la presidencia de la Nación unificada, en 1862, sólo dos colegios dependían del poder central: el Montserrat, nacionalizado junto con la Universidad de Córdoba en 1854, y el de Concepción del Uruguay, de data reciente (1849).

No existía un plan pedagógico concreto, ni unidad de criterio y esfuerzos. Corregir esa deficiencia en forma orgánica fue objetivo de Mitre, que aspiraba a ordenar la educación, con sentido total, nacional. Sirviendo este propósito, dictado el 14 de marzo de 1863, el decreto Nº 5447, de fundamental importancia, refrendado por el Ministro Eduardo Costa, decía:

“Que uno de los deberes del Gobierno Nacional es fomentar la educación secundaria, Que esta casa puede establecerse sin mayor recargo del presupuesto, sobre la base del Colegio Seminario y de Ciencias Morales que existe actualmente en la Capital:

Sobre la base del Colegio Seminario y de Ciencias Morales, y bajo la denominación de “Colegio Nacional”, se establecerá una casa de educación científica y preparatoria, en que se cursarán las Letras y Humanidades, las Ciencias Morales y las Ciencias Físicas y Exactas, con arreglo al programa anexo a este decreto, y según la distribución de materias que en él se determina.”

Este es el decreto que se toma como iniciación de la actual enseñanza secundaria argentina y los cinco colegios creados en 1864, junto con los de Buenos Aires, Córdoba y el Uruguay constituyen el primer plantel de establecimientos para la educación de la adolescencia.

Para subsanar la carencia de profesores especializados en 1903 se había impuesto como condición para ingresar a la carrera docente que el futuro profesor, además de sus estudios profesionales, debía realizar y cursar estudios en tres establecimientos diferentes.

Se nombró Rector del Colegio Nacional al Dr. Eusebio Aguero, y nombrase de Director de los Estudios a D. Amadeo Jacques, quien propondrá oportunamente los profesores que han de servir las cátedras. La dirección profesional era independiente y estaba exclusivamente a cargo del Director de estudios.
El plan pedagógico de Mitre

 
EL 5 de mayo de 1863, al inaugurar las sesiones del Congreso Legislativo. Mitre precisó sus propósitos de la siguiente manera: “Colocado este establecimiento en el centro de los recursos que ofrece la Capital, bajo la dirección de distinguidos profesores, él debe necesariamente prestar importantes servicios en la formación de ciudadanos virtuosos y capaces, que al volver a sus hogares, llevaran además los sentimientos de fraternidad indispensables en la comunidad en los primeros años de la vida, y la influencia tan benéfica para la estrecha unión de los pueblos.
“Bajo su inmediata y especial atención, este Colegio podrá servir de norma para regularizar la enseñanza de los establecimientos que costea la Nación, y en los demás que se propone crear con vuestro auxilio en otras localidades, ajustándola a un plan uniforme como es de notoria conveniencia”.

Con esta fundación, Mitre reivindicaba a Pueyrredón y Rivadavia, colocándose en su misma línea educativa El Colegio significó una importante contribución a la unidad nacional, y el punto de partida de un amplio programa: establecimiento modelo, a cuyo ejemplo se trazaron los restantes.
En diciembre de 1864, Mitre fundó los colegios nacionales de Catamarca, Mendoza, Salta, San Juan y Tucumán, creando una red cuya trama continuaron Sarmiento y Avellaneda.

El plan de estudios, dictado por decreto Nº 5848, comprendía tres ramas principales: letras y humanidades; ciencias morales, y ciencias exactas. El predominio de la tendencia humanista no excluía una importante atención científica.
Aguero enfermó, no tardó en alejarse y murió en 1864.
Jacques lo sucedió, y le bastaron pocos meses, pues falleció al año siguiente, para ejercer un poderoso influjo renovador.
El rectorado de Jacques.
Jacques comprendía la misión del Colegio, y contaba para realizarla con dotes extraordinarias: personalidad, talento, juventud, honda formación pedagógica y filosófica, y hasta una talla imponente que infundía respeto por mera presencia.

Nacido en Francia, nieto del pintor Gérard, influido por el eclecticismo filosófico de Víctor Cousin, Jacques era figura descollante de la generación del 48, amigo y compañero de Alfred de Musset, de Gustave Planche, de Jules Simon. Cursó la Escuela Normal Superior, ocupando a temprana edad, cátedras y tribunas.

Educador, promotor de la ciencia y la cultura Nació en París (Francia) el 4 de julio de 1813. Murió en Buenos Aires el 13 de octubre de 1865 El nombre de Amadeo Jacques está para siempre ligado con la historia del Colegio Nacional de Buenos Aires, del que fuera profesor y rector, y con la cultura de Buenos Aires y Tucumán. Jaques nació en Francia en 1813. Estudió en el Liceo de Borbón y en la Escuela Normal de París, donde orientó su vocación hacia las ciencias naturales. Luego de obtener el título de profesor, dio clases en Amiens y Versalles y, a los 24 años, obtuvo el doctorado en letras en la Sorbona, con dos tesis: una latina (De platónica idearium doctrina) y otra francesa (Aristóteles, historiador de la filosofía). Poco después, obtuvo también el diploma de licenciado en ciencias naturales en la Universidad de París. Luego de 1840, enseñó en la Escuela Normal Superior y en el Liceo Luis el Grande de París y editó varias obras filosóficas, entre ellas algunas de Leibnitz. Por esa época, además, preparó, en colaboración, un Manual de Filosofía para uso de los colegios, que fue una obra muy utilizada en varios países europeos. Por motivos políticos, Jacques debió abandonar los claustros parisinos. En 1847, se le prohibió ejercer la docencia en Francia, por lo cual decidió marcharse del país, y radicarse en Montevideo, a donde llegó en 1852, recomendado por Humboldt. Luego se trasladó a Paraná, atraído por el progresismo cultural que esbozaba el gobernador entrerriano Urquiza. En esa ciudad, Jacques se dedicó a la daguerrotipia y a la agrimensura. Poco después, viajó a Buenos Aires, donde dictó algunos cursos libres, a Rosario, y nuevamente a Entre Ríos, donde fue presentado a Urquiza, por entonces Presidente de la Confederación Argentina. Fue nombrado al frente de la Dirección de Catastro, pero al poco tiempo abandonó la provincia, para ir a Córdoba, y luego a Santiago del Estero. En 1856, fue nombrado Agrimensor General de la provincia y agregado científico a una expedición científica al Chaco y el río Salado, experiencia que sería luego asentada en la obra Excursion ou Rio Salado et dans le Chaco, editada en París en 1857. Luego pasó a residir en Tucumán, donde realizó distintas labores y donde se relacionó con buena parte de la alta sociedad de la ciudad de San Miguel. En 1858, fue nombrado Director del Colegio de San Miguel, donde desarrolló una vasta obra renovadora de los sistemas y metodologías pedagógicos. Asumió también la función de bibliotecario del Colegio y aumentó de tal modo la colección bibliográfica, que pronto fue la base de la Biblioteca Pública de San Miguel. En 1860, luego de algunas desavenencias de índole política y de algunos hechos desgraciados que tuvo que sufrir, Jacques renunció a su cargo. Se dedicó entonces al periodismo, como redactor de El Eco del Norte y El Liberal. En esos diarios, publicó varios proyectos de reglamentos sobre instrucción pública. Después, el vicepresidente de la República, el tucumano Marcos Paz, lo invitó a trasladarse a Buenos Aires, y le ofreció ser Director de estudios del Colegio Nacional, institución que había sido creada por Bartolomé Mitre poco tiempo antes, y que era dirigida, en ese entonces, por Eusebio Agüero. Algunos años más tarde, a la muerte de Agüero, Jacques pasó a ocupar el rectorado del Nacional. En esa función, transformó completamente la enseñanza, introduciendo las nuevas ideas cientificistas que provenían de Europa y planeó la educación primaria, secundaria y universitaria, con la base de una enseñanza de tipo universalista que debía preparar al alumno “a aprender todo”. El Colegio Nacional, bajo la égida de Jacques, se convirtió pronto en un modelo a imitar por los demás colegios del interior del país. También, junto con otros grandes pensadores de ese tiempo, como Juan María Gutiérrez, preparó una obra de suma importancia, el Plan de Instrucción Pública, que tuvo mucha influencia en los planes educativos de fin de siglo XIX. También fue, durante varios años, profesor de física experimental y química y autor de un Curso de Filosofía, que se editó en Francia, y que fue la base de la enseñanza de esa disciplina en nuestro país. Jacques murió el 13 de octubre de 1865. Sus restos fueron despedidos por una comitiva muy nutrida, que incluía a todos los alumnos del Nacional, a las personalidades más destacadas de la cultura y la política argentina, y por una gran cantidad de vecinos. La figura de Jacques, fundador del Círculo Literario en 1864 y uno de los miembros de la Generación del ´80.

Fundó revistas, publicó libros. Participó en la revolución de 1848, reclamando desde las columnas de su edición “La libertad de pensar”, un régimen republicano con amplias garantías de libertad y fines sociales. Pero al producirse el golpe de estado de Napoleón lII, Jacques fue perseguido. Expulsado de sus cátedras, clausuradas sus publicaciones, en 1851 tomó el camino del exilio, como tantos compatriotas ilustres: Tocqueville, Hugo, Quinet, etc.

En 1852 llegó a Montevideo, y luego a nuestro país, donde asociado con Alfredo Cosson, para subsistir se dedicó primeramente a la daguerrotipia, novedad muy en boga.

En 1855, el gobierno de Urquiza le encomendó varias investigaciones de carácter geográfico y económico, en el Chaco y Tucumán. Realizó desde entonces diversos estudios antropológicos, zoológicos, botánicos, hizo pie en Santiago del Estero y luego pasó a Tucumán, donde contrajo enlace y ejerció durante cuatro años la dirección del Colegio de San Miguel, que organizó entre dificultades de toda índole. Por consejo de Marcos Paz, Mitre lo llamó a Buenos Aires en 1863. La influencia que Jacques ejerció, durante su breve rectoría del Colegio, en el movimiento cultural y el desarrollo educacional del país, aún perdura.

Autor del plan de estudios de 1863, Jacques pretendía dotar de un sentido propedéutico a la enseñanza secundaria; es decir, que el bachillerato fuera algo así como un grado universitario inicial, y que tuviese carácter formativo mediante el adecuado equilibrio de las humanidades clásicas y las científicas. También aconsejó que este ciclo preparatorio tuviera una duración superior a la de cinco años, que se le asigno en principio. Jacques era enemigo de la especialización prematura; comprendía bien, por otra parte, las necesidades del país en materia educativa. Y fue bajo su influjo que la comisión creada por el gobierno para elaborar un proyecto de instrucción general y universitaria, al expedirse en 1865 aconsejó la institución de estudios que educasen para el comercio, la agrimensura, la minería; y de escuelas primarias superiores que enseñasen de acuerdo a las características regionales; amén de otras innovaciones en materia universitaria.”Juvenilia”. El Colegio en la literatura. Es muy posible que los méritos de su rectorado, no hubieran bastado para hacer subsistir la imagen de Jacques con la fuerza vital que aun hoy la acompaña, si no hubiese contado con el auxilio de las páginas, vibrantes de admiración, que Miguel Cané le dedicó en “Juvenilia”; libro que retrata con vivacidad el período en que su autor cursó las aulas del Colegio (1863-1868), recordando las travesuras del internado y la personalidad de profesores y condiscípulos.

El Colegio ha inspirado otras expresiones literarias de mérito, como la “Elegía al viejo Nacional Central”, de Baldomero Fernández Moreno, y diversos trabajos de Manuel Podestá, Martín García Merou, Enrique Larreta, Aníbal Ponce, Federico Tobal, Florencio Escardó, Ricardo Guiraldes, Ricardo Rojas, Paul Groussac, Osvaldo Loudet, Juan Mantovani, Ricardo Sáenz Hayes, Marco Denevi, Manuel Antín, PedroPico,etcetera. A Jacques sucedió su viejo amigo Alfredo Cosson, quien siguió las hondas huellas del maestro hasta 1876, en que debió retirarse afectado por una dolencia mental. En esa misma fecha el ministro Leguizamón suprimió el internado en todos los Colegios Nacionales donde aún subsistía.

Allá por 1877 tuvo lugar la primera exposición Industrial de la República, que el presidente Avellaneda inauguro en el celebre patio de arena del Colegio. El rector, desde un año antes, era José Estrada.

E1 18 de enero de 1881 la Universidad fue nacionalizada; se suprimieron los estudios preparatorios que quedaron a cargo del Colegio, y una comisión proyectó que éste pasase a depender de la Facultad de Humanidades, pero el Congreso nunca trató tal proyecto.

Al producirse el conflicto de 1884 entre el presidente Roca y el Nuncio papal, Estrada intervino en la polémica y fue separado de sus cátedras y de la dirección del Colegio, despidiendo a sus alumnos con una alocución memorable.
Lo reemplazó Amancio Alcorta (1884-90), autor de muy valiosos estudios sobre la enseñanza secundaria en nuestro país; y luego Adolfo Orma (1890-92). A esta altura, la disciplina interna se había resentido y los conflictos de ese orden hicieron crisis en un episodio durante el cual, los alumnos abuchearon al inspector general de enseñanza, don Santiago Fitz Simons. Este solicitó de inmediato al Poder Ejecutivo la exoneración del rector, a quien acusó de “abandono o falta de tino” “en el cumplimiento de sus funciones.”

Orma fue separado por decreto del 25 de abril, que firmaron el presidente Pellegrini y su ministro Balestra. Quince días más tarde, se designó el sucesor, Valentín Balbín, ingeniero y hombre público, ex condiscípulo de Cané. Pero aquella circunstancia llevó a un grupo de personas, encabezadas por el rector destituido, a fundar el Instituto Libre de Segunda Enseñanza, adscripto a la Universidad desde 1893 y que hasta hoy sigue el mismo plan de estudios del Colegio, sin llegar a ser realmente un incorporado. En 1911 el Colegio admitió como tales a tres colegios particulares (el Salvador, el Lacordaire y el de Nuestra Señora de Luján), pero el 10 de junio de 1912 el ministro Garro dejó sin efecto la incorporación. Reestablecida más tarde, subsistió poco más de dos lustros. El rector Balbín (1892-96) y sus sucesores Juan P. Aguirre (1896-1900) y Manuel B. Bahía (1900-02), debieron afrontar problemas disciplinarios, e inclusive una notoria politización del alumnado; que influido por las agitaciones iniciadas en 1890, llegó a constituir un Comité en el mismo Colegio, editando un periódico que regentearon los futuros dirigentes radicales Mario Guido y José P. Tamborini. El hecho en sí no era novedoso, si se recuerda el apasionado enfrentamiento entre “porteños” y “provincianos” que Cané relata.

En 1902 asumió el cargo de rector don Enrique de Vedia, que ya lo había sido del Colegio de Concepción del Uruguay. A él alude Fernández Moreno cuando en su “Elegía”, recuerda la “renegrida barba rectoral”. Era hombre de vasta cultura; admirador de Echeverría, en su tiempo los alumnos del Colegio donaron a la ciudad una estatua del prócer civil, modelada por el profesor Torcuato Tasso. Erigida en los jardines de Palermo, en 1957 se la trasladó a la plaza San Martín.

Por entonces (1903) comenzaron las obras de reedificación del Colegio, parte de cuyo edificio fue demolido, funcionando sus cursos en espacio reducido y precario durante mucho tiempo, pues las tareas se suspendieron en 1906, y sólo estuvieron totalmente concluidas treinta anos más tarde. Anexión del Colegio a la Universidad. Entretanto, la ciudad crecía y sus necesidades educativas también. El Colegio Nacional fue origen de cuatro secciones que dependían de la casa central y estaban a cargo de vicerrectores; “la Norte” (antecedente del actual Colegio Nacional Sarmiento); “la Sud” (Colegio Nacional Rivadavia); “la Oeste” (Colegio Nacional Mariano Moreno), y “la Noroeste” (Colegio Nacional Avellaneda).

Queda dicho que la sede tradicional comenzó a ser conocida como el “Colegio Nacional Central”, nombre que oficialmente nunca tuvo, sino que comprendía un sentido jerárquico y geográfico.

Durante mucho tiempo el Colegio, tan vinculado a la Universidad desde los orígenes, había cumplido una finalidad preparatoria de estudios superiores. Por decreto del 22 de febrero de 1907, el Poder Ejecutivo resolvió transferir a las Universidades de Córdoba y La Plata los respectivos Colegios Nacionales, y a la de Buenos Aires, el Colegio y el Instituto del Profesorado Secundario. Su propósito era realizar un ensayo, cuyo resultado serviría para fijar la orientación de los establecimientos dependientes del Ministerio, mientras la Universidad obtenía la oportunidaddad de completar la práctica de un régimen que ella misma había creado. Esta incorporación fue aceptada por Córdoba y La Plata; y también por el Consejo Superior de la Universidad de Buenos Aires, el 12 de abril. Sin embargo dicho Consejo puntualizó ciertas disidencias con el decreto de anexión, solicitando que se ampliaran atribuciones para organizar y designar personal, modificar planes agregando un sexto año de estudios polifurcados, etc. En suma, una resolución del ministro Bibiloni del 22 de octubre, suspendió la anexión del Colegio y del Instituto de Profesorado. El Poder Ejecutivo no accedía a aquellos requerimientos, y el intento se desdibujó hasta nuevo estudio. En su memoria correspondiente al año 1910, el rector de la Universidad Eufemio Uballes, advertía que desde años atrás, se intentaba separar los estudios secundarios generales de los que deberían ser preparatorios para el ingreso a las Facultades, atribuyendo “la escasísima preparación de los jóvenes que pretenden ser admitidos en la Universidad”, a la que confundía en una sola clase de institutos, dos tareas diversas: la instrucción secundaria en general “debe tender a dotar al alumno del mayor número posible de nociones prácticas e inmediatamente aplicables”, mientras que “la instrucción preparatoria de los estudios superiores debe prescindir de la utilidad inmediata, y preocuparse sobre todo, de la disciplina mental del alumno”. Terminaba propugnando la reincorporación del Central a la Universidad, o bien la creación de un liceo bajo dependencia de ésta.

La perseverante acción del Rector Uballes fue oída por el poder Ejecutivo; y otro ex-alumno, el presidente Roque Sáenz Peña, dictó el 4 de noviembre de 1911, el decreto de anexión del Colegio Nacional de Buenos Aires de esta Ciudad a la Universidad de la misma, y desde el 19/1/12, pasó a depender de la Universidad, como parte integrante de ella.

La anexión no conformó a todos. El 13 de noviembre renunció el rector del Colegio, Enrique de Vedia, manifestando “inavenible incompatibilidad entre mis ideas sobre educación secundaria” y las que el decreto trasuntaba.

Lo cierto es que se alejó definitivamente del Colegio central, y pasó a dictar cátedras en otros. Lo sucedió Eduardo Otamendi (1911-1915), que ejercía hasta entonces funciones de vicedirector. Al quedar librado este cargo, el rector Uballes designó en el mismo al docente más joven que tenía el Colegio: Juan Nielsen, profesor de Ciencias Naturales, cuya personalidad pesó hondamente en el perfeccionamiento ulterior de la institución.

En 1912, el Consejo Superior de la Universidad dictó la ordenanza sobre plan de estudios, ampliando la tendencia humanista de su enseñanza: se implantaron seis años de latín, la Historia del Arte y otras materias, amén de intensificarse los estudios históricos, filosóficos y de ciencias naturales.

También se agregó un sexto año de cultura desinteresada, necesaria a investigadores y profesionales.

A efecto de fijar la estructura del Colegio, el Consejo Superior sancionó poco después otra ordenanza que organizó su régimen interno, otorgándole un grado de autonomía didáctica y científica, y ciertas atribuciones en orden al nombramiento de personal administrativo y auxiliar que evitaren menudencias burocráticas.

En 1914, el diputado Saavedra Lamas -ex colegial-, obtuvo que la comisión de presupuesto que presidía, eliminara la leyenda “anexado a la Universidad”, a efecto de devolver el Colegio al régimen ministerial. Pero en la Cámara, tras intensa polémica, tal dictamen fue rechazado; como rechazados fueron asimismo otros intentos realizados por el mismo Saavedra Lamas desde el Ministerio de Instrucción Pública.

Por fin en 1919 el ex-alumno y entonces profesor, doctor Luis Agote planteó, desde su banca de diputado, un debate de fondo que concluyó con la sanción de su proyecto, convertido en ley Nº 10.654, que decía así: “Art. 1.- Bajo el nombre de Colegio Nacional de Buenos Aires, anéxase a la Universidad de Buenos Aires el Colegio Nacional (central) entregado a la misma por decreto del 4 de noviembre de 1911.”

Es útil conocer, al menos parcialmente, las discusiones esclarecedoras que se registraron con motivo de esta sanción. En la sesión del 11 de junio, el diputado Adolfo Dickman, también ex-alumno, expresó entre otras cosas:

El “Colegio de la patria”.

 

Andando el tiempo, los hechos demostraron el acierto de esta experiencia, y pronto surgieron iniciativas enderezadas a extender los beneficios del sistema. Córdoba y La Plata adoptaron en sus Colegios, planes de estudio siguiendo las bases del vigente en Buenos Aires, y dejaron claramente establecido que la docencia secundaria debe ser formativa y ajena a toda preocupación utilitaria. Bien pudo decir el rector de la Universidad de Buenos Aires, Ricardo Rojas, en su discurso en el Colegio, el 12 de agosto de 1926:

“Grande es la responsabilidad que la Universidad de Buenos podríamos, por antonomasia, llamarle ya el colegio de la patria”.

Esta definición no es caprichosa. El “Colegio de la patria” es el que ha formado mayor proporción de hombres eminentes. Es un hecho de fácil comprobación que los ex-alumnos se destacan en aulas, gabinetes, laboratorios, y en todo orden de actividades universitarias, respondiendo a la plástica modeladora del Colegio. Comparativamente, tiene más elevado porcentaje de laureados y de individualidades sobresalientes en cualquier campo de la inteligencia organizada.

En él estudiaron los presidentes Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña y Marcelo T. de Alvear; dos premios Nobel argentinos – Bernardo Houssay y Carlos Saavedra Lamas-, y un sinnúmero de científicos como Luis Agote, Angel Gallardo, Ignacio Pirovano (Consuelo nº 3 – pag 347); juristas como Estanislao Zevallos, Alfredo Colmo, Luis Maria Drago (Estrella del Oriente nº 27 – Pág 189), Eleotoro Lobos (Libertad nº 48 – 282) y Roberto Repetto ; literatos de la talla de Rafael Obligado, Ricardo Guiraldes, Baldomero Fernández Moreno, Calixto Oyuela, Eugenio Cambaceres (padre e hijo, Unión del Plata nº 1 – pág 147), Lucio V López (Logia Docencia – 283) y Enrique Larreta; personalidades públicas como Antonio Dellepiane (Luis y Alberto – Libertad 48. pag 183), José Nicolás Matienzo (Logia Docente, pág 303), Pedro Goyena (ver especialmente pag 237, rechazado por su fanatismo), Aristóbulo del Valle (Logia Docente- 431), José Ingenieros (Unión Italiana 1ª nº 90 junto con su padre, publicó libros sobre masonería), Mario Sáenz, Ernesto Quesada, Belisario Roldán (Lealtad nº 6 – pág-373), Martín García Merou (Obediencia a la Ley 13 – pág 221), Carlos Ibarguren, Abel Cháneton (Justicia nº 17 pág 175, publicista) , Manuel Carlés, Nicasio Oroño (Regeneración nº 5 y Libertad nº 48), José León Suárez , Tomás Le Breton, Norberto Piñero, Rodolfo Rivarola (Logia Docente y La Plata nº 80 – 366), Juan B Justo, Nicolás Repetto, Alfredo Palacios (Libertad nº 48 – 331), Aníbal Ponce, Juan José Díaz Arana, el presidente paraguayo Juan B. Egusquiza y muchos más, cuya cuenta se hace difícil; incluso algunas mujeres, bajo el sistema de coeducación existente a comienzos de siglo y reimplantado en 1957.
El “Colegio de Nielsen”.

 

La fecha de anexión coincide, como dejamos dicho, con el advenimiento a los cargos directivos de un hombre llamado a ejercer gran influencia en los destinos de la casa: Nielsen.

Tanto bajo el rectorado de Otamendi como el de sus continuadores José Popolizio (1915-18) y Tomás Cullen (1918-24), Juan Nielsen fue, como Jacques respecto de Aguero, no un colaborador más, sino quien orientó, en verdad, toda la política educacional. Egresado del Instituto Nacional del Profesorado Secundario, no poseía título universitario, hasta que la Universidad de Buenos Aires en reconocimiento a su mérito, lo doctoró “honoris caúsa” en 1924. Designado por fin rector del Colegio, lo reorganizó y desde 1924 hasta 1941, le infundió un nuevo impulso creador. En un ciclo de treinta años, su mano rigió el complejo mecanismo te la casa, dejando en ella una impronta inconfundible.

No es fácil formular, con detalle, un repertorio de la tarea renovadora ensayada en el “Colegio de Nielsen”, como solía llamarlo el presidente Yrigoyen, consustanciando por tal manera al hombre con su obra. Obra muchas veces resistida por el misoneísmo y la “tradición” mal entendida.

En un apresurado bosquejo, cabría señalar la terminación del edificio, “gran palacio” donde Nielsen cuidó cada detalle: luz, colores, dimensiones, conservando por otra parte algunas reliquias del pasado, tales como la fuente emplazada en el patio “Mariano Moreno”-desarmada hace más de una década, y luego extraviada-, y un rincón que mantiene la arquitectura antigua, respetando las características columnas y el embaldosado blanco y negro. Para proyectar la remodelación, así como la sede de los Tribunales, el Poder Ejecutivo había contratado al arquitecto belga Maillard. El 21 de mayo de 1938, al celebrarse el 75º aniversario del decreto 1 de Mitre, el presidente Ortiz presidió el acto de inauguración oficial del local, concluido un año antes. En 1943 fue declarado solar histórico.

Además, se equiparon los gabinetes desmantelados, cobrando especial auge los de Dibujo y Geografía. Se edificó el observatorio, cuyo telescopio dotó la Facultad de Filosofía y Letras. Se instaló en el salón de actos, el órgano donado por el profesor Nicolás Avellaneda (h.), y diseñado por su primer ejecutante, el profesor ingeniero José A. Medina. Se fichó y amplió extraordinariamente la biblioteca. Se estableció el régimen de concursos para la selección de profesores; y entre los alumnos, una disciplina severamente patriarcal, adecuada a las condiciones del momento. Los estudiantes sin recursos recibieron becas, suministradas en forma reservada para que no se sintiesen disminuidos frente a sus compañeros más pudientes. Fueron implantados los trabajos prácticos, a fin de abandonar la enseñanza rutinaria y libresca, y despertar vocaciones científicas y experimentales. Se utilizaron, por primera vez en el país, la cinematografía y las proyecciones como elementos auxiliares de la docencia. Conferenciantes y concertistas de fama mundial visitaron el Colegio: Einstein, Ortega y Gasset, Orlando, Getulio Vargas… y hasta el dúo Gardel-Razzano en alguna oportunidad ilustró con música vernácula una conferencia, como para que la sensibilidad Popular no quedara ausente de los claustros académicos.

El 20 de noviembre de 1922, el Consejo Superior de la Universidad instituyó el Premio “Rector Uballes”, medalla de oro y diploma que se otorga “al bachiller sobresaliente” de cada promoción. Desde entonces, los premios han ido aumentando en cantidad e importancia. Año tras año, el 12 de agosto, aniversario de la creación de la Universidad, tiene lugar la colación de grados, ceremonia en la cual el Colegio despide a sus bachilleres y les distribuye diplomas y distinciones. En el período 1952-1956 dicho acto académico fue suspendido.

El 23 de agosto de 1934 quedó constituida la Asociación de Ex Alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires, que congrega a buena parte de los graduados. Nielsen tampoco descuidó la educación física de los jóvenes; inauguró el gimnasio y natatorio cubiertos, en el subsuelo de la casa, y el campo de deportes ubicado sobre la avenida Costanera.

Docente admirable, que despertó y definió muchas vocaciones, Nielsen vivió exclusivamente dedicado al Colegio, hasta su muerte acaecida en 1941.

 

Llegamos pues al final de este trabajo en donde hemos marcado la profunda tarea masónica llevada a cabo en el COLEGIO NACIONAL DE BUENOS AIRES.

 

Ha dicho el Marques de Lafayette, que puso su brazo al servicio de las dos grandes revoluciones libertadoras del siglo XVIII, la norteamericana y la francesa, un insigne masón:

 

‘Los hombres denodados, obstinados, algo estúpidos y perfectamente honorables, que tienen una fe ciega en la libertad y en la perfectibilidad de la humanidad, son ridículos; por otra parte, gracias a ellos, y únicamente gracias a ellos, existe la posibilidad de civilizar la política del hombre y mejorar su suerte’. Nos contamos entre esos hombres ridículos y algo estúpidos, y a mucha honra’

 

 

NACIONALIZACIÓN DE LA CAPITAL DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES- CREACIÓN DE LA CIUDAD DE LA PLATA-

FUNDACIÓN DE LA NUEVA UNIVERSIDAD PROVINCIAL BONAERENSE EN SU FLAMANTE CAPITAL-

ORÍGENES DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA.-

La Universidad de la Provincia de Buenos Aires (U.B.A.) fue fundada por primera vez el 12 de agosto de 1821 y oficialmente inaugurada el 26 de agosto de 1821, en la ciudad de Buenos Aires, por el gobernador de la provincia de Buenos Aires, brigadier general Martín Rodríguez, y su ministro de gobierno, Bernardino Rivadavia, quien fue su impulsor.

La declaratoria de Buenos Aires ciudad capital y la federalización de su territorio, trajo consecuencias en la vida universitaria argentina. Con motivo de su nacionalización (1881), fue necesario, en primer lugar, fijar un régimen legal permanente y común a las dos universidades nacionales existentes, promulgándose en 1885 la llamada “ley Avellaneda” (Nicolás Avellaneda, a la sazón rector de la Universidad y senador nacional, fue el autor del proyecto).

Una segunda consecuencia de la federalización de Buenos Aires fue el advenimiento de una Universidad en La Plata, flamante capital de la provincia de Buenos Aires, propósito que se concreta por proyecto de ley provincial de 1889. Pero los tiempos no son propicios y la ley no se ejecuta sino en 1897, fecha en que se establece la Universidad.

El 12 de junio de 1889, los senadores provinciales Rafael Hernández (iniciado masón en la Logia “Caridad” Nº 22, Hermano de sangre del poeta José Hernández también masón iniciado en la Logia Asilo del Litoral Nº 18), Emilio J. Carranza, Marcelino Aravena y Valentín Fernández Blanco (todos ellos masones) presentaron, a instancias del primero, un proyecto de Ley para crear una Universidad Provincial en la ciudad de La Plata. La propuesta tuvo una inmediata repercusión en la ciudad de La Plata, a tal punto que al día siguiente, unos 150 jóvenes provenientes del Colegio Nacional, del Instituto Argentino y de la Sociedad Literaria, acompañados por una banda de música, se movilizaron al domicilio de Rafael Hernández para manifestarle su apoyo. La ley fue promulgada por Máximo Paz (iniciado en la Logia “Tolerancia” N° 4), el 2 de enero de 1890.

La Universidad recién comenzó a funcionar 7 años mas tarde, debido a los problemas económicos causados por la crisis de 1890, ordenándose su funcionamiento mediante un decreto del año 1897, dictado por el gobernador, Guillermo Udaondo y suscripto por los ministros Valentín Alsina, Emilio Frers y Manuel Greco.

En 1897 el Gobernador Udaondo, quien designa la primera Asamblea Universitaria, por aquellos Institutos que formaban parte de la estructura de la Universidad. De esta manera, dicha Asamblea estaría representada por:

  • DERECHO: Dardo Rocha, Dalmiro Alsina, José M Calderon, Jacobo Larrain, Ricardo Marco Del Pont y Adolfo Lascano (Todos ellos masones).
  • CIENCIAS MEDICAS: Silvestre Oliva (masón), Celestino Arce, Ángel Arce Peñalba, José Gororstiaga (masón) y Ramón S Día (masón).
  • CIENCIAS FISICO-MATEMATICAS: José Coquet (masón), Pedro Benoit (masón y arquitecto/planificador de la ciudad), Julián Romero y Luis Monteverde.
  • QUIMICA Y FARMACIA: Pedro Pando; Vicente Gallastegui y Carlos Berri.

A pesar de las expectativas con que fuera creada, los primeros años de la Universidad fueron desalentadores, tanto por la escasa cantidad de alumnos como por el bajo presupuesto de funcionamiento, siendo los mismos profesores y autoridades quienes apenas lograban costear su funcionamiento. De 1897 a 1905 logró sumar 573 alumnos inscriptos, debido no sólo a la poca población de la época fundacional de La Plata, sino además por la falta de reconocimiento nacional de los títulos que expedía, lo cual según el mismo criterio actual utilizado por la Ley 24521, ello sucedería una vez que el primer curso se encontrara completo y verificados los resultados de la misma. Así, el esfuerzo de aquellos masones que fundaron, ya por segunda vez en la historia, la Universidad de la Provincia de Buenos Aires, ahora en territorio de su nueva capital, luce consagrado con el nacimiento y consolidación de la Universidad Nacional de La Plata, tal como hoy la conocemos.-

NACIONALIZACIÓN DE LA SEGUNDA UNIVERSIDAD FUNDADA POR LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES-

 FUNDACIÓN DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA.-

Al mismo tiempo, Joaquín Víctor González (iniciado en la “Logia Piedad y Unión” N° 34 de la ciudad de Córdoba el 17/8/1881), en ese entonces Ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación comenzó a dar forma a su idea de crear una Universidad Nacional sobre la base de la universidad provincial existente y otros institutos de educación. En octubre de 1904, Joaquín V. González se reúne con el gobernador Marcelino Ugarte y los diputados nacionales de la provincia y convienen en llevar adelante el proyecto de nacionalización, mediante una ley convenio del 12 de agosto de 1905, entre los gobiernos de la Nación y de la Provincia de Buenos Aires.

El 15 de agosto, el proyecto de Ley de creación de la Universidad Nacional de La Plata se aprobó en la Cámara de Diputados y el 19 de agosto recibió sanción definitiva en el Senado Nacional. El 25 de Septiembre fue promulgada por el presidente Manuel Quintana. El 17 de marzo de 1906 fue designado como primer presidente de la Universidad Nacional de La Plata, el propio Joaquín V. González, acompañado en la vicepresidencia por el Dr. Agustín Enrique Álvarez (quien fue iniciado en la Logia “Obediencia a la Ley” Nº 13, en 1905 fue elegido Muy Respetable Gran Maestro durante un año, de la Masonería Argentina. Elevado al grado 33º formó parte del Supremo Consejo de la Argentina. Uno de sus hijos Agustín Jorge Álvarez fue iniciado en la Logia José Martí Nº 168 en 1947 y también electo MRGM en 1965). Respecto de esta Logia José Martí también cabe mencionar que a ella también perteneció el diputado Julio Víctor González, hijo de Joaquín V. González.

Así la U.N.L.P. en sus orígenes, tanto su constitución, como su plan de estudios respondían a los vigentes en la Universidad de Buenos Aires.

Como se ha dicho, la organización definitiva de la Universidad de La Plata recién se logró con su nacionalización, cuando en 1905 constituye la tercera universidad nacional por obra principal del ministro González, que fue también su primer presidente. A esa organización contribuyó la serie de cesiones que, desde 1902, el gobierno provincial hizo a la nación de institutos especiales que dependían de la provincia.

Esas cesiones fueron:

-El Observatorio astronómico, instituido en 1882.

-El Museo de ciencias naturales, creado en 1884.

-La Escuela práctica de agricultura y ganadería de Santa Catalina.

-La Facultad de agronomía y veterinaria, creada por ley de 1889, pero independiente de la Universidad.

-La Biblioteca Pública que funcionaba en La Plata desde 1884.

En esa Universidad aparecen por primera vez los diplomas de doctor en astronomía, doctor en física y doctor en matemáticas, con lo que se inician los estudios astronómicos y físicos en la Argentina, especialmente estos últimos. Para ello contó desde 1906 con un Instituto de física bien provisto y que desde 1909 estuvo bajo la excelente dirección de un físico eminente: Emil Hermann Bose.

Su acción al frente del Instituto fue eficaz, aunque breve, pues falleció en 1911, sucediéndole otro físico alemán: Richard Gans, quien continuó la obra iniciada por Bose, impulsando la investigación científica a una altura que valió al Instituto un justo renombre internacional.

En 1914, y a iniciativa de Gans se inicia la publicación de un periódico científico, Contribución al estudio de las ciencias fisicomatemáticas, en dos series: Serie matematicofísica y técnica.

Aunque en esta época sólo existen en el país tres universidades nacionales, pueden, no obstante, encontrarse en él, los gérmenes de las tres restantes universidades nacionales que se han de crear más adelante.

Así, en Santa Fe existía desde 1889 una Universidad provincial donde sólo funcionó la Facultad de derecho, hasta 1911, año en que se agregan las escuelas de farmacia y obstetricia, que más tarde se reúnen en una sola facultad. Son estas dos facultades las que existen cuando unos años después se crea la Universidad Nacional del Litoral.

Por su parte en Tucumán había nacido en 1875 una Facultad de jurisprudencia y ciencias políticas, que había muerto después de un par de lustros. Y en 1912 la legislatura provincial sanciona una ley creando una universidad. Esa universidad no contó desde sus comienzos con institutos de estudios científicos superiores, aunque posteriormente, a raíz de su nacionalización, tales estudios se incorporaron a la universidad.

Actualmente la U.N.L.P., posee 188 carreras de grado y 165 de Postgrado. Cuenta con 17 Facultades, además de los museos, Instituciones de Extensión y Colegios de educación Media que depende de su Órbita (Liceo Víctor Mercante y Colegio Nacional).

CÁTEDRAS LIBRES: La U.N.L.P. posee más de 100 Cátedras Libres destinadas a difundir, de cara a la sociedad, temas de interés social y colectivo.

La Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, conjuntamente con la Presidencia de la U.N.L.P., llevan adelante la “Cátedra Libre de Libre Pensamiento” con el propósito de una creación colectiva de una república democrática en toda su extensión abocándose a la tolerancia, a la formación laicista y por sobre todo íntegramente igualitaria y fraternal para todo hombre latinoamericano y del hombre universal.

“…esta novel Universidad de La Plata, una nueva corriente universitaria, que sin tocar el cauce de las antiguas y sin comprometer en lo más mínimo el porvenir de las dos Universidades históricas de la Nación, consultase junto con el porvenir del país, las nuevas tendencias de la enseñanza superior, las nuevas necesidades de la cultura argentina y los ejemplos de los mejores institutos similares de Europa y América.” Joaquín V. González, 1905.-

 

Programa: http://www.unlp.edu.ar/uploads/docs/catlibpensamiento_libre_programa_bicentenarios_version_editorial_2009.pdf

 

Fuentes:

– Universidad de Buenos Aires.

– Colegio Nacional de Buenos Aires.

– Biblioteca Nacional Argentina.

– Universidad Nacional de La Plata.

– Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones.

– Publicaciones Independientes y sitios históricos.

– Muchas otras para las cuales se deberá comunicar con el mail de contacto de la Página.-

A:.I:., M:.M:. de la Respetable Logia José Martí Nº 168 de La Plata.-