Debo situar a Pérez Reverte entre mis predilectos de la lengua española. Siempre me fascinó la posibilidad literaria de desmenuzar una pintura artística desde sus raíces, imaginando a su autor en la condición que lo empujó a desahogarse en los colores. Tal es el caso de la Tabla de Flandes. Es un enrevesado caso policial que gira en torno a una partida de ajedrez inconclusa representada en un óleo cuya restauración está en manos de la protagonista. Los detalles surgen por todas partes: quienes eran los jugadores, que pasos siguieron para reflejar el juego en ese estado de piezas y cuál la identidad de la mujer que los observa como si se tratase de un duelo.

Ya nos tiene acostumbrado Pérez Reverte a estos temas que combinan las distintas artes, realidad histórica y tramas profundamente psicológicas o policiales. El primer libro que conocí de él se titulaba El Club Dumas; en esa ocasión la literatura guiaba los pasos del detective, no la pintura. Luego El pintor de batallas, en donde se muestra una rama del arte relativamente nueva: la fotografía. Por lo menos en estos tres, aborda con tal maestría los tópicos que uno se encuentra tal vez yendo a comprar una cámara, a buscar libros antiguos o deteniéndose ante cuadros de autores flamencos…

Otros transitaron por esos caminos. Puede que el último que recordemos sin demasiada añoranza es a Dan Brown, cuyo abordaje superficial de las artes era accesorio a su trama cinematográfica. Mathew Pearl nos señaló un aspecto visceral de los procesos de traducción de la Divina Comedia (esta misma es a su modo un exquisito listado poético de obras anteriores como La Ilíada, la Odisea, la Eneida, la metamorfosis de Ovidio como ejemplos) al inglés en su Club Dante. A partir de allí son varios que anteponían la palabra club antes del autor a desarrollar. Muchos no son dignos de mención pero confieso que me atrae la idea de interesarme por un escritor mediante otro libro, es una especie de crítica literaria en formato de ficción.

Volviendo a la Tabla de Flandes, deseo mencionar algunos aspectos que fueron sentidos en mí como para estar hoy escribiendo sobre esta novela. Pérez Reverte es un caracterizador experto; todos sus personajes se nos representan nítidos, con personalidades marcadamente diferentes, bien frecuenta sus pasados de modo que interpretemos las acciones como lógicas por el origen. Lo más placentero en mi opinión es la necesidad de tener la pintura a mano para sentirnos un poco protagonistas y por supuesto, la partida de ajedrez inferida hacia atrás: una genialidad.

No tema el lector de ensayos embarcarse en esta obra. Puede ser interpretada como puntapié inicial para otro tipo de literatura: el mundo de la crítica artística.

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