Me considero un lector hedónico, por lo que en verdad siento a veces que incurro en una especie de procastinación de la literatura. Sin embargo, debo admitir que en un intento de equilibrar mis fuerzas de voluntad,  tomé en mis manos el resignado libro Introducción a la Filosofía Antigua de A. H. Armstrong de 2007.

Quisiera imaginar el alba de la filosofía griega a su luz. En las costas del Asia Menor, en las ciudades de Jonia entre los años 624 y 530 a. c., en sucesión, tres hombres de Mileto cuyos nombres eran: Tales, Anaximandro y Anaxímenes, desarrollaron las ideas que posteriormente los agruparon bajo el nombre de Milesios. Estos filósofos jonios, buscaban la verdad intentando responder a su pregunta fundamental: ¿Por qué las cosas son como son y acontecen como acontecen? Es importante considerar que los documentos en los que se basan los historiadores para entenderlos datan de cerca de 200 años posteriores a ellos, siendo Aristóteles entre los años 384 y 322 a. c. la fuente más antigua.

Sostenían un interés particular por los fenómenos atmosféricos y climáticos, fuerzas creadoras absolutas. Rendían culto a la fertilidad y a los muertos. Generaban complejas respuestas basadas en la yuxtaposición de los opuestos (frío-calor, húmedo-seco) y en observaciones del medio, acercándose más a forjadores de mitos que a verdaderos hombres de ciencia, pero sin alejarse demasiado de algunos aspectos que ulteriormente fueron considerados los vestigios más arcaicos de las mismas.

Debo declarar con humildad que no concebía que los estudios y declaraciones adjudicadas a un pensador determinado, eran en su mayoría creaciones del grupo de personas cobijadas bajo esa escuela, con el objeto de enriquecerse históricamente y por supuesto aspirando a la veneración del fundador.

Hacia el año 494 a. c., Mileto había caído bajo el dominio persa y a fines del siglo VI a. c., los grandes pensadores griegos surgieron de la Magna Grecia, Italia meridional y Sicilia. Así es que alrededor de 530 a. c., en Crotona, Pitágoras funda una nueva escuela filosófica, llamada itálica. Detrás de la filosofía pitagórica surgió un extraño movimiento religioso: el orfismo. De este culto poco más se sabe aparte de que mantenían una vida ascética (no comían carne ni mataban animales por ningún motivo), practicaban ritos de purificación y seguían las enseñanzas de una ignorada literatura que figuraba bajo los nombres de Orfeo y Museo. Su principal mito era el de la creación del hombre de las cenizas de los Titanes que habían devorado a Dionisio Zagréus, el dios de los órficos.

Así explicaban la doble naturaleza humana: terrenal y divina; todas sus energías se dirigían a suprimir su mundana humanidad para evitar la reencarnación y así reencontrarse con los dioses. Es por ello que su incógnita principal era: ¿Cómo puedo liberarme del cuerpo, de esta muerte, de esta amarga y fatigosa existencia y volver a ser un dios?

La doctrina pitagórica dictaba que el intelecto, que diviniza el alma, es el medio único para conocer la verdad. Esta verdad constituye dentro del universo el elemento de forma, orden, proporción, límite y armonía; está representada por la armonía musical y por el orden de los cuerpos celestes, ambas estrechamente relacionadas en esta corriente. El orden formal nos es dado a conocer a través de las matemáticas ya que “las cosas son números”.

A comienzos del siglo V a. c. Heráclito, marcadamente milesio, en sus aforismos De la naturaleza, desdeña la búsqueda de lo eterno, aborrece la pasividad buscada por los pitagóricos. Ridiculiza sus mitos primordiales diciendo “yo me he buscado a mí mismo”, propone a la guerra como origen de todas las cosas, esto subraya aún más el precepto de la dualidad y antagonismo, el choque de los opuestos genera la fuerza creadora, por lo que ambos extremos son igualmente importantes. Concibe suprema la búsqueda del movimiento, ya que en él se encuentra el universo, no en la divina monotonía itálica; su popular aforismo: ”no es posible entrar dos veces en el mismo río” da cuenta de ello.

Es asombroso analizar estas primeras corrientes filosóficas y encontrar elementos de la orden en las dos. Me da la íntima sensación de que aquí, libres del fanatismo, guiados por la luz de la búsqueda de la verdad, podemos tomar enseñanzas de ambas; como si por un colador pasaran, atraviesan nuestros principios.

 

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