Como en el cuento The Man Who Would Be King de Rudyard Kipling de
1888, existen relatos dignos de rescatar de las Campañas Militares del
siglo XIX. Uno de ellos es la de una Logia en plena cordillera de Los
Andes que tenía como Venerable Maestro al coronel chaqueño Teófilo
O’Donnell, distinguido militar argentino, conocido por proponer al
Gobierno Nacional que a los indígenas no había que exterminarlos, sino
socializarlos fundando colonias para ellos en todo el territorio.
Seguramente la Logia de estos picaros Masones sea una de los primeros
talleres masónicos que existieron en la Patagonia Argentina, sino fue el
primero, ya que hace exactamente 135 años, en plena Campaña del
Desierto el territorio patagónico en su mayoría pertenecía a los Mapuches,
Ranqueles y Tehelches.
“Allá por el año 1881, era nuestro campamento el Fuerte de 4º
División, en la todavía no fundada localidad de Chos Malal. Las tropas de
la guarnición estaban compuestas por el Regimiento N’ 11 de Caballería, a
las órdenes del teniente coronel don Marcial Nadal; el Batallón Nueva
Creación, mandado por el teniente coronel don Rufino Ortega, jefe
también de la frontera; un piquete de indios amigos baqueanos y otro de
“rotos auxiliares, más baqueanos que los otros”.
En una de esas largas temporadas de miserias que sufrimos entonces,
llegó algún comercio de Chile y de Mendoza, en tropas de arrias,
estableciendo sus tiendas al reparo de una gran piedra o montículo, donde
detenían la piara. Allí bajaban sus cargas, clavaban la carpa, rodeando las
mercaderías con sus aparejos y monturas, y haciendo de mostrador una
petaca o cajón.
La llegada de una tropa de arrias al campamento importaba para
todos un extraño y grato acontecimiento. Los compañeros más subalternos,
que no disponíamos de un centavo, hacíamos algún paseíto recorriendo las
improvisadas tiendas de comercio y preguntando el precio de tal o cual
cosa, procurando, a la vez, hacer alguna relación.
Para los cadetes o alféreces en comisión, ver una caja de pasas de
higo o de uva, nueces, azúcar, etc., manjares todos que por primera vez
ostentara el campamento, nos inquietaba demasiado; a falta de dinero, nos
hacíamos dar un vale por el jefe del Regimiento para descontar lo de los
haberes algún día a la llegada del comisario pagador, pero ese vale se
liquidaba en la primera compra, pues todo era muy caro, al extremo de que
el jefe de la frontera puso un arancel fijando el precio de venta de los
artículos de consumo y de primera necesidad.
Entre los comerciantes había un sujeto llamado Chaca, hombre
delgado, feo y alto. Parecía esquivarse a las personas, pues no se trataba
casi con nadie; sus artículos eran más y mejores que los de otros negocios;
las tabletas, especialmente, nos parecían una maravilla.
Transcurridos algunos días, se nos ocurrió formar una Logia Masónica
entre nosotros, y ya en posesión del caletre del comerciante Chaca, lo
visitamos varias veces y le compramos muchas golosinas con vales de la
Mayoría, que eran como las letras de tesorería de San Juan.
Así que le inspiramos alguna confianza al señor Chaca, le hablamos
de la Masonería y le propusimos su ingreso a la Logia, lo que aceptó.
Convocado para prestar juramento ante la venerable Logia, se le fijó día y
hora para concurrir, indicándole que debía vestir traje de gala para dicha
ceremonia.
Llegada la fecha fijada al neófito fue recibido por la hermandad que
lo condujo al interior de un rancho. Allí se le vendó la vista colgándole una
sábana al cuello, se le puso un libro de Altas y Bajas del Batallón en los
brazos, y encima una calavera de indio con una vela encendida. Durante
este tiempo se había guardado el mayor silencio; luego recibió las
disposiciones del Venerable, quien le impuso una peregrinación por el
pueblo, siendo acompañado a una corta distancia por toda la hermandad.
Un momento después todas las mujeres del campamento se
encontraban paradas en las puertas de sus ranchos azoradas, haciendo sus
comentarios, en tanto los perros del campamento hubieron de hacer de las
suyas con el peregrino, a no ser por la oportuna intervención de la guardia,
los galgos lo arreglan al Masón.
No pararon aquí las cosas. El hombre había ingresado en la
Masonería y era Masón desde el momento que prestara juramento y
aceptado todas las tretas exigidas por la Logia.
Dos días después el hermano Teófilo O’Donnell, que hacía de
Venerable, le mandaba un mensaje escrito solicitándole un poco de azúcar,
pasas y tabletas para un hermano que salía en peregrinación. En el acto
mandó de todo un poco, pero estos pedidos, aunque sin incurrir en el
abuso, se repitieron lo suficiente para que el hermano Chaca no se dejara
calotear más, contestando que no tenía los artículos que le solicitaba el
hermano Agustín Piris o algún otro.
Con tal motivo se le inventaron cargos para que ante la Logia
respondiera de la acusación que se hacía pesar sobre él. El hermano Chaca
se presentó en nuestro alojamiento, recibiéndosele en forma parecida a la
anterior, y luego de vendarle, el Venerable dio comienzo a la acusación por
infidelidad y revelación de los secretos de la Logia, agregando al final de
cada uno de los cargos, las siguientes palabras: “Hermano Chaca: por este
delito, la justicia de los masones caerá sobre ti como rayo asolador”.
“¡Como rayo asolador!”, repetía la hermandad, hasta que al terminar la
tercera acusación volaron botas, caronas y pilchas anudadas sobre los
lomos del hermano Chaca, que tomó la puerta sin sombrero, como alma
que lleva el diablo.
La explicación de estos sainetes y abusos, que nos pudieron costar
un mes al raso, no tenían otro origen que el apetito insaciable de la
juventud militar en un clima frío y la pobreza en aquellos lejanos tiempos,
en los remotos confines del sur de la República.
Algunos compañeros sobrevivientes recordarán que en el año 1884,
estando de guarnición en Codihué, fue el comisario pagador don Pedro
Nasarre y abonó a las tropas 48 meses de sueldos atrasados; el que esto
escribe y otros colegas cobramos entonces más de 40 meses en oro y plata
(puros argentinos). Hicimos buenas provisiones, especialmente de harina,
para luego correr carreras por pasteles y tortas fritas.
Había, pues, abnegación ejemplar en aquellas tropas que carecían de
vestuario y alimento, sufriendo los rigores de las bajas temperaturas
andinas, donde a veces todo se helaba, menos el patriotismo del soldado
argentino”.
Extraído de la Revista Caras y Caretas nº 1777 del 22 de Octubre de 1932.